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    Varios/Otros
    El secreto de las siete semillas. IV


    Cuatro meses después de la última visita al maestro, la semilla había germinado en un maravilloso rosal púrpura, lo cual hacía suponer a Ignacio que las enseñanzas que escondía estaban de algún modo relacionadas con el amor. Antes de acostarse y en la mañana, durante media hora, Ignacio se dedicaba a meditar. Tan en serio se lo había tomado, que aquello era un paréntesis de tiempo inviolable. Aplicaba todas las técnicas que le había enseñado el maestro: la repetición de la palabra, la concentración en la respiración y la disciplina corporal del Kriya Yoga.

    Desde que había empezado a practicar el Kriya Yoga, Ignacio sentía que su capacidad de concentración había aumentado sustancialmente. Permanecía más tiempo sin pensamientos y la sensación de bienaventuranza era mayor. Notaba claramente los efectos en su mente. Ya no actuaba de manera explosiva en el trabajo, era más tolerante y consciente de sus conductas, pero también era más consciente de lo que sentían los demás. La meditación le daba una perspectiva menos egocéntrica de las situaciones. Además, le permitía tomar distancia de los problemas.

    Otra consecuencia de la meditación era que había aumentado su carisma. Le iba mucho mejor en las relaciones interpersonales y en las ventas. Es más, se había constituido en el mejor vendedor de su empresa. Antes jamás se acercaba al área de ventas. Ahora acompañaba a los vendedores a las principales cuentas, con muy buenos resultados, pues se sentía más positivo y más en paz consigo mismo. Esto lo transmitía a los clientes y así se generaba una confianza inmediata.

    Esa tarde Ignacio tenía una importante cita con un cliente. Como ya era costumbre, fue muy preparado y logró la venta. Estaba eufórico, se sentía ganador y superior a todos. Se sentía invencible. Su empresa estaba mejor, las ventas habían aumentado y estaba pagando sus cuentas en los bancos. Era nuevamente respetado en el medio empresarial. Sentía que ahora estaba a otro nivel como empresario.

    Con el objetivo de compartir los logros con su personal, juntó a todos los ejecutivos importantes para contarles su éxito con el cliente.

    –Quiero contarles a todos que una vez más logré la venta –dijo eufórico Ignacio–. Últimamente he estado encargándome en persona de las ventas y la verdad es que todos ven los resultados. Yo solo he aumentado las ventas en más de un treinta por ciento. Yo valgo más que los diez vendedores de la empresa juntos. Me pregunto por qué no todos pueden trabajar como yo, por qué yo puedo lograr metas increíbles y a ustedes les cuesta tanto. Yo necesito que todos trabajen igual que yo, necesito que todos tengan la camiseta puesta, que todos apuesten por la empresa.

    Cuando se fueron, Ignacio no sabía qué había pasado pero por lo menos se daba cuenta de que algún error había cometido. Había percibido a las personas des-contentas, pero no sabía por qué. La empresa estaba mejor, ¿por qué no se alegraban? Cerró su oficina y salió en su auto hacía la casa del maestro.

    Otra vez el portoncito y la fachada pulcra y encantadora. Sentía que aquel sitio era como su segunda casa. Había pasado de parecer un oasis en medio del barrio a ser un auténtico oasis espiritual en el que Ignacio se sumergía después de los conflictos cotidianos.

    Una vez que estuvo en la habitación del maestro, le contó el episodio en la oficina.

    –¿Cuál fue mi error? –preguntó Ignacio–. ¡Quería motivarlos, pero no funcionó!

    –Dime, Ignacio, ¿sembraste la semilla que te di?

    –Por supuesto, ya tengo un lindo rosal de flores rojas en mi jardín. Me imagino que el mensaje de sabiduría debe estar relacionado con el amor. ¿Cierto?

    El maestro hasta entonces había permanecido casi de perfil, pero ahora, antes de responder, se volvió con sus ojos fijos y penetrantes. Tomó aliento y explicó:

    –No. Por el contrario, el mensaje de sabiduría está relacionado con la falta de amor.

    –¡Pero si las rosas son un símbolo de amor! En todo el mundo occidental se regalan para simbolizar cariño y amor.

    –Conozco las costumbres. La rosa es hermosa; cuando abre sus pétalos exhibe una estructura armónica que seduce y tiene una maravillosa fragancia, pero sólo la puedes admirar de lejos. Si te acercas mucho, te hinca. Lo mismo ocurre a las personas que están manejadas por su ego. Dedican su vida, como las rosas, a buscar admiración, prestigio, estatus y aceptación. Pero cuando te les acercas, terminan hincándote con su egoísmo.

    El maestro se acomodó, cruzó las piernas y continuó, entrecerrando ligeramente los párpados.

    –La primera semilla que te di fue la del autoconocimiento. Era importante que empezaras por conocerte a ti mismo, por tomar conciencia de cómo tu pasado afectaba tu presente. Tenías que ganar una mayor conciencia de tus actos, pensamientos y emociones, y de los sentimientos de los demás. Al entenderte más, empezaste a tener mayor dominio y control sobre tus actos y decisiones. Pero eso no era suficiente. Necesitaste herramientas prácticas para calmarte y retomar un balan-ce en tu vida. Esa fue la segunda semilla, la semilla de la meditación, representada por la mimosa púdica. La meditación te ha permitido tener más paz y tranquilidad, mantener un estado de pensamientos positivos y sobre todo tomar distancia de los problemas. Además, ha continuado ayudándote a tomar conciencia de ti mismo, de tu verdadera esencia y de lo que es importante en la vida. La tercera semilla, representada por la rosa, es el control del ego.

    –Pero maestro, ¿a qué se refiere con lo del ego? –interrumpió Ignacio.

    –Ignacio, personas como tú, que han tenido una niñez difícil, cuyos padres los han mal-tratado, tienen una herida en su autoestima. ¿Recuerdas que la primera semilla que te di no podía crecer porque fue golpeada? Cuando te golpean o maltratan siendo un niño, tu autoestima se deteriora. Como consecuencia, tu mente genera una personalidad inferior que quiere ocultar a toda costa que no se siente competente o capaz. Esa personalidad inferior es el ego. Cuando nos sentimos seguros, confiamos en nosotros mismos y sentimos que valemos. Es decir, si nuestra autoestima es alta, no necesitamos ocultar nada; en consecuencia, nuestro ego es muy pequeño. En cambio cuando nos sentimos inseguros, con temor, con miedo hacía la vida, tenemos una necesidad imperiosa de ocultarlo; en consecuencia, nuestro ego es grande.

    –Pero no entiendo qué tiene que ver todo eso con la rosa.

    –Lo que ocurre, Ignacio, es que el ego, en su afán de ocultar una realidad interna que no queremos ver, desarrolla una serie de conductas a espaldas de nuestra conciencia. Por ejemplo, es común que las personas que tienen un problema de estima busquen ponerse en situaciones en las que puedan sentirse admiradas, prestigiadas y reconocidas. Lo hacen por que en el fondo de su ser se sienten poco valoradas e inseguras. Como una droga, necesitan recibir la valoración de su entorno para sentir que valen. Pero si te acercas a estas personas, verás una realidad espinosa, de miedo y dolor interno. Algo así como la rosa, que quiere ser admirada, pero en realidad si te le acercas te topas con sus espinas. Hoy me contaste un in-cidente en tu oficina. Reuniste a la gente para compartir los éxitos de venta de la empresa y no entiendes por qué no funcionó bien. El ego es la respuesta a tu pregunta. No fuiste tú quien organizó la reunión, fue tu ego. Los sentaste a todos y les contaste todos tus logros, no los logros de la empresa. Por si eso fuera poco, les dijiste "valgo más que diez vendedores de la empresa" y "¿Por qué ustedes no pueden trabajar como yo?".

    –Pero eso es totalmente cierto, ¡yo soy el único que ha logrado vender tanto! –gritó Ignacio, indignado por el comentario del maestro.

    –No dudo que seas un buen vendedor, Ignacio, pero también eres el dueño de la empresa y estás mucho más preparado que todo tu personal. Es evidente que te tiene que ir mejor que a tus subordinados. ¿Pero es necesario que se los frotes en la cara? ¿O acaso se lo repites a tu gente porque en realidad tú no te lo crees?

    Ignacio se levantó y estalló en ira.

    –¡Claro que me creo competente! ¡Se los digo para que aprendan, para que ellos también vendan más, para que reaccionen y mejoren!

    Estaba obnubilado por su ego y el maestro podía leer en el rostro de Ignacio, como en un libro abierto, cada uno de los sentimientos que lo atormentaban. Tenía, que ponerlo frente a sí mismo aunque le doliera. Era el único camino. Entrecerró otra vez los ojos y respiró profundamente buscando transmitirle algo de su calma al irritado Ignacio. Luego le habló:

    –¿Y tú crees que decirles que tú eres mejor que diez de ellos los va a hacer reaccionar? Pues yo creo que sí van a reaccionar, pero en contra de lo que quieres lograr. Ignacio, cálmate, date cuenta de cómo estás siendo manejado por tu ego. Si tu objetivo era que aprendieran y que reaccionaran, era mejor que les enseñaras con humildad algunas de tus estrategias de venta.

    Ignacio se sentó. Se sentía muy mal, tenía ganas de llorar y las lágrimas no tardaron en asomarse. Sentía dolor en su pecho. Tema una sensación de abandono y falta de cariño. Era como si todo el episodio le hubiese hecho aflorar memorias subconscientes de su niñez. En realidad, lo que quería cuando reunió a su gente en la oficina era recibir cariño y amor.

    –Maestro, ahora entiendo –dijo Ignacio con voz quebrada–. Es mi ego la personalidad, el motor que dirige mis actos para buscar el amor que no recibí de niño.

    –Si, Ignacio. En realidad lo que buscas es amor, comprensión, aceptación, pero lo manifiestas a través de conductas que dificultan las relaciones interpersonales.

    Nuevamente hizo silencio y dejó reposar las manos sobre sus rodillas. Otra vez la habitación se había cargado con la paz del diálogo.

    –Cuando la llanta de tu bicicleta está baja, la puedes arreglar usando un inflador de mano. Pero si la llanta tiene un hueco, por más que lo intentes durante horas, no se inflará. Lo mismo ocurre con el ego: nos hace andar por la vida con una llanta baja que sabotea nuestras relaciones. Todo el tiempo tenemos que estar inflando esta llanta buscando que las personas nos acepten, admiren y reconozcan. El problema es que esta llanta tiene un hueco y nunca podemos parar de inflarla. Terminamos siendo esclavos y andamos con el inflador tratando de aprovechar cada momento.

    A medida que comprendía, Ignacio se iba aliviando de un enorme peso, como si de una bolsa que cargara sobre sus hombros fuera dejando caer una por una las piedras que estaban adentro. En su lugar iba quedando un espacio vacío y abierto a la curiosidad:

    –Pero aparte del error que cometí en la oficina, alardeando de ser el mejor y el más exitoso vendedor, me gustaría que me explicara en qué otras conductas se manifiesta el ego.

    –Antes de pasar a otras conductas, déjame darte otro ejemplo de la misma categoría. ¿Recuerdas que viniste eufórico a contarme que habías podido salir de tu cuerpo? Ese es el problema con los aspectos esotéricos como salir del cuerpo, leer la mente o predecir el futuro. Te enganchan el ego. Te sientes el elegido, crees que tienes un poder que nadie más posee. Sientes que alcanzaste un alto nivel espiritual. Quieres mostrar y contar tus capacidades a todos, para así sentirte aceptado y solicitado. Nuevamente eres un esclavo del inflador de la llanta. La mayoría de personas que entran al mundo de la meditación son capturadas por su ego y se estancan en los aspectos fenomenológicos. Como te dije antes, olvídate de la fenomenología; no es lo importante. Otra conducta típica del ego es hablar a espaldas de las personas. Es como el mecanismo del ascensor: está sujetado por una polea o una cuerda que al otro extremo tiene una pesa. Para que el ascensor pueda elevarse, la pesa tiene que bajar. Cuando tú hablas mal de otra persona, lo que haces es tirarle la pesa a ella, es decir, la bajas para que tu ego pueda elevarse. Cuando comentas que una persona es incapaz, incompetente o floja, en realidad estás diciendo que tú no lo eres y logras sentirte superior. Esto también es como el inflador de la llanta con hueco. Cuando hablas mal de alguien te inflas, pero luego te desinflas porque tienes un hueco interior, y lo que comúnmente llamamos "rajar" se convierte en una droga para elevarte de nuevo. El problema es que, igual que una droga que tiene gratificaciones, también provoca una serie de consecuencias negativas. Por ejemplo, te llenas de malas vibraciones y negatividad. Rajar daña a las personas. Creas un ambiente de desconfianza y desmotivación en la oficina.

    –Sí –interrumpió Ignacio–. En mi oficina ocurre mucho eso. Todos hablan mal de todos. Sobre todo la gerente de recursos humanos. Esa mujer es una rajona. Cuando está conmigo nunca habla mal de nadie, pero me han contado que cuando me voy se pone a rajar de todos.

    –Ignacio, ¿te das cuenta de que estás rajando de quien raja? Te has descuidado en pocos segundos y tu ego nuevamente tomó control de tu mente. Te hizo destacar los errores de tu gerenta para tú sentirte superior.

    –Pero maestro, si no puedo juzgar ¿cómo puedo interpretar la vida? En mi trabajo necesito evaluar información, tornar decisiones, juzgar situaciones y conductas de personas. Si alguien trabaja bien debo juzgarlo, evaluarlo y felicitarlo. Si alguien trabaja mal debo juzgarlo e indicarle que se ha equivocado para que mejore.

    –No hay problema en juzgar, Ignacio. El problema radica en que tu ego usa la herramienta 'juzgar' para inflarse. Nuestro ego está en una permanente guerra tratando de inflarse a toda costa. Como los soldados, tiene un uniforme que le permite camuflarse. Se camufla justificando sus actos con sofisticados raciocinios, como el que mencionaste anteriormente. El único que sabe cuándo su ego lo está manipulando para juzgar, encontrar los errores o rajar, es uno mismo. Debes estar alerta y muy consciente para evitar que tu ego te manipule.

    Al ver que Ignacio comprendía todo, el maestro hizo una pausa para dejado reflexionar. Luego prosiguió:

    –Cuentan que una señora muy criticona observó por su ventana que nuevos vecinos se habían mudado frente a su casa. Los miró y los vio muy sucios. Al día siguiente volvió a mirarlos y se dijo a sí misma: "¡Qué horror! ¡Qué sucios estos vecinos! Seguro que no se bañan". Llamó a todas sus amigas para contarles sobre sus mugrosos vecinos, pero no encontró a nadie. Estaba desesperada por contárselo a alguien, cuando una amiga pasó a visitarla. Ni siquiera la saludó; la llevó a la ventana y le dijo: "Mira a estos asquerosos, hace días que no se bañan, ¿puedes creerlo?". La amiga miró la ventana y le dijo: «No, amiga, mira bien; lo que pasa es que tu ventana está sucia." La amiga limpió la ventana y los vecinos se vieron total-mente limpios. Cuando unas personas hablan a espaldas de otras, es porque su propio vidrio mental está sucio. Está empañado por su ego, que trata a toda costa de disminuir al otro para sentirse superior.

    –Pero ¿cómo puedo cambiar una conducta que he venido practicando por más de treinta años? Además, es una conducta muy popular.

    –Muchas personas recorren su vida como conductores de un tren que viaja siempre sobre los mismos rieles. Sus hábitos, los rieles del tren, los llevan por caminos predeterminados y nunca se salen de ellos. Ignacio, vive tu vida como un auto de doble tracción. Toma el volante de tu vida, llena tu tanque de voluntad e iniciativa y traza tus propias rutas, aquellas que te lleven a tu verdadera felicidad.

    Ignacio estaba asombrado de la sencillez con que el maestro le hacía entender todo. Tenía que llegar lo más lejos posible:

    –Muy bien. Rajar, que es buscar los errores en las personas, es una muestra de las conductas del ego. Pero ¿de qué otra forma se manifiesta el ego?

    –Déjame explicarte un par más. La primera, la "conducta asesina" de equipos, es buscar culpables. Cuando las cosas no salen bien en un equipo, el ego se siente totalmente amenazado. Lo peor que le puede pasar al ego es quedar al descubierto o que otros vean que la persona no se siente competente. Recuerda que el objetivo del ego es esconder tus carencias internas, pero sobretodo esconderlas de ti mismo. Al buscar un culpable encubrimos cualquier posibilidad de quedar en evidencia. El ego busca sentirse exitoso todo el tiempo, para disimular la sensación de fracaso que lleva adentro la persona.

    –Pero ¿acaso no es importante identificar quién causó un problema?¿Cómo va a mejorar la persona que se equivocó? –preguntó Ignacio.

    –Ignacio, una cosa es encontrar quién fue el responsable de un problema para ayudarle a mejorar y a que no ocurra de nuevo, y otra es buscar un culpable para sacárselo en cara y disminuirlo. Nuevamente te pregunto: ¿cuál es tu objetivo?, ¿subir tu ego o hacer que la persona mejore?

    Ignacio asintió con la cabeza. El maestro prosiguió:

    –Otra conducta típica del ego es no aceptar las ideas de los demás. El ego quiere verse como el mejor, el más inteligente, el más capaz. Como la persona no se siente así adentro, quiere reforzarlo de afuera hacía adentro. Cuando las personas del equipo son inteligentes y creativas, se convierten en una amenaza para el ego de la persona con problemas de autoestima. En esta situación, el ego se torna en asesino de ideas. Si alguien propone una idea brillante que es aceptada, por el equipo, la persona con el problema de ego se siente tonta. Esta persona inicia un diálogo interno destructivo: "¿Por qué no se me ocurrió a mí?", "No soy inteligente" o "No soy tan creativa". Tiene mucho que perder, por eso tratará de descartar las ideas ajenas. Imagínate las oportunidades que se pierden por el problema interno de una persona.

    Ignacio se sentía transparente ante los ojos del maestro y cada vez se avergonzaba más. Por eso cedía a la tentación de tratar de justificarse.

    –Pero maestro, yo tengo todas estas conductas del ego. Lo que a mí me motivó a sacar mi empresa adelante fue el ego. Yo quería probarle al mundo que era tan capaz como mi padre. Quería ser exitoso y reconocido y por eso he trabajado tan du-ro todos estos años. ¿Qué puede haber de malo en eso?

    –No cabe duda de que el ego es un excelente motivador económico y profesional. Pero ¿esa es tu definición de éxito en la vida? El éxito en la vida lo obtienes cuando alcanzas la felicidad. Has vivido motivado para alcanzar metas, pero estarás de acuerdo conmigo en que has sido una persona muy infeliz. Una vez más te pregunto: ¿para qué venimos a este mundo?, ¿para alcanzar metas o para ser felices?

    –Para las dos cosas –respondió Ignacio con una sonrisa pícara. El maestro se había vuelto su amigo.

    –Correcto, pero déjame frasearlo de la siguiente forma: venimos a ser felices mientras corremos la carrera de las metas. En esa definición, el ego está excluido. Recuerda que tus metas, bienes materiales y prestigio no te los llevarás de este mundo cuando mueras. Sólo te llevarás tu espíritu.

    –Pero ¿cómo puedo hacer para vivir sin ego? –preguntó Ignacio.

    –No es fácil librarse del ego. Pocas personas en este mundo lo han logrado. Pero lo que sí puedes hacer es tenerlo bajo control, reducirlo y estar más consciente de cómo influye en tus conductas.

    Al ver que Ignacio estaba a punto de lanzarle un aluvión de interrogantes, el maestro suspendió su larga mano para detenerlo; luego tomó un pedazo de papel periódico, sacó un fósforo y lo prendió. El papel fue consumido por el fuego en algunos segundos.

    –De la misma forma como el fuego quema y consume los papeles, tu fuego interno debe quemar y consumir tu ego. Me refiero al fuego de tu espíritu. Esto lo logras meditando. Cada vez que meditas, quemas una pequeña porción de tu ego. Poco a poco irás reduciendo las conductas de tu ego. Tú me decías haber descubierto que el ego compensaba la falta de amor que sentías dentro. Pues bien, cuando meditas aflora tu llama interna de amor y llena tu ser de una sensación de plenitud y paz. Te sientes querido dentro de ti. Entonces no necesitarás cubrir tus carencias con elementos externos, como buscar aprobación, aceptación o probar que eres el más inteligente. Es similar a una persona que camina sedienta por el desierto, sin nada que beber, y olvida que en su espalda tiene un tanque lleno de agua. Está tan acostumbrada a cargar con el tanque que no se ha percatado de que allí está su salvación. Nosotros también tenemos un tanque de amor adentro nuestro. Buscamos el agua del amor y la aceptación afuera, cuando la tenemos aquí, dentro de nosotros. Sólo meditando la obtendremos.

    El maestro se puso de pie y comenzó a recorrer lentamente la habitación, dejando que un aire leve moviera los pliegues de su ropa. Ignacio notó que era la primera vez que lo veía desplazándose. De pronto. tuvo la impresión de que aquel hombre no necesitaba hablar para transmitir sabiduría. Bastaba observar cuidadosamente cada uno de sus gestos para percibir que pertenecía a un universo espiritual superior. Después de unos pasos, el maestro continuó:

    –Volviendo a la analogía del ego y la llanta con hueco que siempre tenemos que inflar: la meditación repara la llanta, o el ego, con parches de amor provenientes de tu espíritu, para que ya no sea necesario inflarla todo el tiempo. Existe otra estrategia para reducir el ego, pero está relacionada con la siguiente semilla.

    El maestro sacó el cofre de las semillas y le entregó a Ignacio un papel periódico arrugado.

    –Ve y planta esta nueva semilla. Regresa cuando sepas qué planta es, para conversar sobre su mensaje. Intenta estar consciente del ego y controlarlo. No dejes de meditar todos los días. Practica el Kriya Yoga.

    Extracto de DAVID FISCHMAN
    El secreto de las siete semillas



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    COMENTARIOS

    Fecha: 15/06/2014 Desde: Mexico
    Comentario de Angel Viz
    Excelentes y sabias enseñanzas acerca de nuestro enemigo: "El Ego".
    Estos capítulos son de los más valiosos que he leído.
    Gracias Infinitas por estar comprometidos en compartir La Verdad para nuestro crecimiento espiritual.

    ¡Millones de Bendiciones!

    Angel desde Mexico

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