Trabajos espirituales.

Varios/Otros


Y he aquí que me vi, en sueños, en la celda de mi starets, que me explicó la Fiocalía diciendo:

-Este santo libro es de una gran sabiduría. Es un misterioso tesoro de enseñanzas acerca de los secretos designios de Dios. No en cualquier lugar, ni a todos es accesible este libro; pero encierra máximas escritas para cada uno: profundas para los espíritus profundos, y sencillas para los simples. Por eso, vosotros, las gentes sencillas, no debéis leer los libros de los Padres en el orden que están puestos aquí. Esta es una disposición conforme a la teología; pero aquel que no es instruido y desea aprender la oración interior en la Filocalía, debe practicar el orden siguiente: primero leer el libro del monje Nicéforo (en su segunda parte); segundo, el libro de Gregorio el Sinaíta entero, salvo los capítulos más cortos; tercero, las tres formas de oración de Simeón el Nuevo Teólogo y su Tratado de la Fe; y cuarto, el libro de Calixto e Ignacio. En estos textos cualquiera puede encontrar la enseñanza completa de la oración interior del corazón. Si quieres un texto todavía más inteligible, lee en la cuarta parte el modelo abreviado de oración de Calixto, patriarca de Constantinopla.

Yo, que tenía la Filocalía en mis manos, buscaba el pasaje indicado sin poder encontrarlo. El starets, volviendo algunas páginas, me dijo:

-Yo te lo voy a enseñar: aquí está. -Y tomando un trozo de carbón del suelo, hizo una señal al margen de la página frente al pasaje indicado. Yo escuchaba con mucha atención todas las palabras del starets y procuraba grabarlas en mi memoria con firmeza y con detalle.

En esto, me desperté, y como todavía era de noche continué acostado, recordando todo lo que había visto en sueños y repitiendo lo que me había dicho el starets. Después me puse a reflexionar. Dios sabe si es el alma de mi difunto starets la que se me aparece así, o si son mis propias ideas las que toman forma, porque pienso con mucha frecuencia y durante mucho tiempo en la Fiocalía y en el starets. Me levanté en esta incertidumbre de espíritu, pues ya apuntaba el día. Y he aquí que, en la piedra que me servía de mesa, veo la Filocalía abierta en la página indicada por el starets y marcada con una raya de carbón, exactamente como en mi sueño; hasta el carbón estaba junto al libro. Me quedé impresionado, acordándome de que no había dejado el libro allí la noche anterior, sino que lo había cerrado y colocado junto a mí antes de dormirme; y me acordaba además de que no había en él raya alguna que marcase aquella página. Todas estas coincidencias me daban fe de la verdad de la aparición y me confirmaron en la santidad de la memoria de mi starets. De modo que comencé a leer la Filocalía según el orden que me había sido indicado. Lo leí una vez, luego otra, y esta lectura inflamó mi celo y mis deseos de ver confirmado en actos todo cuanto había leído. Descubrí claramente el sentido de la oración interior y los medios de llegar a ella y sus efectos; comprendí cuánto regocija al alma y cómo es posible distinguir si esta felicidad viene de Dios, de la naturaleza sana, o de la ilusión.

Y ante todo procuraba encontrar el lugar del corazón, según las enseñanzas de San Simeón el Nuevo Teólogo. Habiendo cerrado los ojos, dirigía mi mirada hacia el corazón, procurando representármelo tal como se encuentra en la parte izquierda del pecho y escuchando sus latidos.

Primero practiqué este ejercicio durante media hora, varias veces al día. Al principio, no veía más que tinieblas; pero bien pronto mi corazón apareció y comencé a sentir su profundo movimiento; después, conseguí introducir en mi corazón la oración de Jesús, y hacerla brotar de él, según el ritmo de la respiración, tal como lo enseñan San Gregorio el Sinaíta, así como Calixto e Ignacio. Para conseguirlo, miraba mentalmente a mi corazón, inspiraba el aire y lo retenía en mi pecho diciendo: «Señor Jesucristo», y lo espiraba añadiendo: «tened piedad de mí». Al principio me ejercité en esto durante una o dos horas, después me apliqué cada vez con mayor frecuencia a este ejercicio, y al fin me ocupaba en él casi todo el día. Cuando me sentía pesado, fatigado o inquieto, en seguida leía en la Filocalía los pasajes que tratan de la actividad del corazón, y pronto volvían a renacer en mí el deseo y las ansias por la oración. Al cabo de tres semanas, sentí un dolor en el corazón, y luego un agradable calor y gran sentimiento de consuelo y de paz. Esto me dio mayores fuerzas para ejercitarme en la oración, a la cual iban todos mis pensamientos, y comencé a sentir una gran alegría. A partir de aquel momento, de vez en cuando sentía diversas sensaciones nuevas en el corazón y en el espíritu. A veces era como una agitación en mi corazón y una agilidad, una libertad y un gozo tan grandes, que quedaba transformado y me veía en éxtasis. A veces, sentía muy ardiente amor a Jesucristo y a toda la divina creación. A veces las lágrimas corrían sin esfuerzo de mi parte como un reconocimiento al Señor, que había tenido compasión de mí, pecador empedernido. A veces mi pobre y limitado espíritu se llenaba de tales luces, que comprendía con toda claridad cosas que antes yo no hubiera podido siquiera concebir. A veces el dulce calor de mi corazón se extendía por todo mi ser y empezaba a sentir con gran emoción la presencia del Señor. Y a veces, en fin, sentía una intensa y profunda alegría al pronunciar el nombre de Jesucristo y comprendía el significado de sus palabras: El Reino de Dios está dentro de vosotros .

En medio de estas bienhechoras consolaciones, iba echando de ver que los efectos de la oración aparecían bajo tres formas: en el espíritu, en los sentidos y en la inteligencia. En el espíritu, por ejemplo, la dulzura del amor de Dios, la tranquilidad interior, el arrobamiento del espíritu, la pureza de los pensamientos, el esplendor de la idea de Dios; en los sentidos, el agradable calor del corazón, la plenitud de dulzura en los miembros, el estremecimiento de gozo del corazón, la ligereza y vigor de la vida, la insensibilidad ante las enfermedades y el dolor; en la inteligencia, la iluminación de la razón, la comprensión de las Santas Escrituras, el conocimiento del lenguaje de la creación, el desapego de vanos cuidados, la conciencia de la suavidad de la vida interior, la certidumbre de la proximidad de Dios y de su amor por nosotros .

Después de cinco meses de soledad en estos trabajos y en esta felicidad, me iba habituando tan bien a la oración del corazón que la practicaba ininterrumpidamente, y al fin noté que ella se hacía de por sí sola, sin actividad alguna de mi parte; brotaba en mi espíritu y en mi corazón no sólo en estado de vigilia, sino también durante el sueño, y no se interrumpía ni un solo instante.

Llegó el tiempo de la tala de árboles, se fueron juntando leñadores y yo tuve que abandonar mi silenciosa morada. Después de haber dado las gracias al guarda y haber rezado una oración, besé aquel rincón de tierra en que el Señor se había dignado manifestarme tan claramente su bondad, eché mi saco sobre mis hombros y partí. Caminé durante mucho tiempo, y recorrí muchas regiones antes de llegar a Irkutsk. La oración espontánea de mi corazón me sirvió de consuelo durante todo el camino, y nunca dejó de alegrarme, si bien de diversas maneras; en ninguna parte, ni en momento alguno me fue impedimento para ninguna cosa, y nada la pudo tampoco disminuir. Si trabajo, la oración opera sola en mi corazón y realizo mi tarea con mayor ligereza; si escucho o leo alguna cosa con atención, la oración no sufre interrupción, y voy sintiendo a la vez una y otra, como si estuviera desdoblado o como si en mi cuerpo trabajaran dos almas. ¡Oh, Dios mío, y qué misterioso es el hombre!…



Extracto de: "El peregrino ruso" o también nombrado "Relatos de un peregrino ruso", es un libro del siglo XIX de reconocida fama dentro de la práctica contemplativa hesicasta en la espiritualidad ortodoxa . Junto con la Filocalia es uno de libros más populares del cristianismo ortodoxo

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