La práctica de la quietud mental. III

Varios/Otros


El siguiente punto a observar es que ciertas condiciones fisiológicas y psicológicas son aconsejables si se quiere llegar al éxito sin dificultad. Una cómoda postura personal ayuda a que la mente esté tranquila. Cuando el cuerpo está incómodo, la mente tiende a inquietarse.

La quietud física es el primer paso a la quietud mental. En una cómoda y conveniente postura del cuerpo descansa la mente y nos permite empezar la tarea de replegarnos en nosotros mismos. Todos los días debemos ocupar el mismo lugar, o la misma habitación, sentarnos en una determinada silla o en el lecho. Hay que sentarse erguido y no apoyar la espalda. El cuerpo aprende así a responder automáticamente, hasta el punto que no hace ninguna resistencia a la influencia invasora del alma.

La meditación se realiza más fácilmente y dará mejores resultados si la realizamos en las mejores condiciones. Elijamos una hora en que no se nos moleste, cuando todo lo que nos rodea esté tranquilo, cuando el estómago y los órganos digestivos estén en reposo, cuando el cuerpo se sienta cómodo; el tiempo no sea tormentoso. Si es posible, conviene llenar la mejor habitación de flores y perfumarla con incienso. Hay que colgar de las paredes cuadros nobles y llenos de color, Que esas cuatro paredes se conviertan en un santuario que nos ayude a vivir entre cosas divinas por un tiempo. Si es posible, debemos reservar esta habitación para nuestro exclusivo uso, como un rincón donde podemos meditar, orar y estudiar las cosas del espíritu. En poco tiempo la habitación comenzará a mostrar la huella invisible de la vida divina, de modo que, apenas penetremos en ella, los cuidados y las preocupaciones de la existencia nos dejarán. De todas maneras, hay que elegir un lugar donde podamos permanecer en reclusión ininterrum
pida, sin ruido, donde los animales y los insectos no puedan molestarnos y donde nos sintamos en paz y armonía. Si no es posible obtener todas estas condiciones, debemos obtenerlas por aproximación.

La primera regla, entonces, consiste en elegir un pequeño fragmento de la vida diaria en el cual podamos dedicarnos sin inquietudes y sin molestias a la práctica de los ejercicios necesarios.

Podemos empezar con diez minutos, pero se lo prolongará a media hora apenas nos demos cuenta de que podemos hacerlo sin esfuerzo. Media hora diaria es mucho tiempo para el hombre de occidente, y no es aconsejable extender el tiempo si no es bajo la vigilancia de un maestro competente.

He sugerido la mañana, pero es posible que existan circunstancias que impidan la meditación a esa hora. En tal caso, la hora inmediatamente mejor es la puesta del sol, porque entonces la mente puede recobrar más rápidamente la calma interior que en medio de las actividades del día. En el crepúsculo hay una misteriosa cualidad vinculada con las grandes corrientes espirituales que la naturaleza libera en ritmos regulares.

El fragmento de tiempo que elijamos para este elevado propósito debe emplearse de manera que no tenga ninguna vinculación con las otras actividades del día. En lugar de ocuparnos de temas que llaman y fijan nuestra atención en las cosas exteriores, debemos tratar de olvidarnos de ellas y de las personas, dejarlas de lado como si nunca hubieran existido, y dirigir nuestros pensamientos y sentimientos hacia el ideal de la calma interior. Tal vez hasta ahora hayamos dedicado toda nuestra atención al mundo externo. El hombre que quiera encontrarse a sí mismo debe invertir este proceso y periódicamente dirigir su atención a explorar el mundo interno.

Aquel que intente conocer su Yo Superior debe aprender a refugiarse en el interior de su mente como una tortuga se refugia dentro de su caparazón. La atención que hasta ahora se ha aplicado a una sucesión de hechos exteriores, debe concentrarse en un punto interior único.

El sendero de la concentración es fácil de describir, pero difícil de practicar. Todo lo que debemos hacer es apartar nuestra mente de todos los pensamientos, excepto la línea de reflexión que establecemos como tema de nuestra concentración... ¡pero hay que intentarlo!

El control del pensamiento es muy difícil de lograr. Su dificultad asombrará a más de uno. El cerebro se alzará en motín. Como el mar, la mente humana está en incesante actividad. Pero se puede lograrlo.

En el centro de nuestro ser mora ese maravilloso Yo Superior, pero para llegar a él debemos abrir un sendero entre les escombros de pensamientos que nos impiden el paso y que nos obligan a prestar una innecesaria atención al mundo material como a la única realidad.

Nos gusta volcarnos hacia el interior y que la mente descanse en sí misma —no en el sentido físico del mundo—, tanto como nos gusta escuchar por la mañana el trino de los pajarillos.

Nosotros los modernos hemos aprendido a dominar a la naturaleza, pero no hemos aprendido a dominarnos a nosotros mismos. Los pensamientos nos persiguen y nos acosan como jaurías, nos quitan el sueño por la noche y se aterran libremente a nosotros durante el día. Si pudiéramos aprender a dominarlos y a suprimirlos, entonces podríamos llegar a un maravilloso reposo, a una paz similar a la cual San Pablo la describió como más allá del entendimiento.

Porque los cinco sentidos se aforran al mundo material como si tuvieran cola de pegar; anhelan el contacto con el mundo en forma de objetos, gentes, libros, diversiones, viajes y actividades de todas clases. Sólo podremos matar al enemigo en los momentos en que los sentidos guardan silencio. Cuando intentamos practicar el descanso mental, los sentimos protestar inmediatamente, se alzan contra la imposición. Nos dicen: “Queremos estar en el mundo físico que conocemos; tenemos miedo de este mundo interior de misterio y meditación. Es natural que nos aferremos al mundo físico”. Y de este modo hacen lo posible por mantenernos aferrados a la espera material; y esta es la verdadera razón por la cual creemos que la meditación no nos agrada, o que nos apartamos de ella cuando llega el momento de realizarla. Son los sentidos quienes se oponen... no nosotros. Es por ello que debemos combatirlos y tratar de gobernarlos. El esfuerzo mental viene primero, luego la quietud mental.

El dominio de la mente es el dominio del yo. El alma que pueda controlar la marea siempre creciente de pensamientos puede vestir el uniforme de capitán y dar órdenes a toda la naturaleza.

El poder de mantenerse tenazmente en una línea de pensamiento, de aferrarse a ella con garras de escorpión y no soltarla, eso es lo que se llama el poder de concentración, el poder que hace Hombres.

Los amos del pensamiento son los amos de los otros hombres. Sólo los débiles de mente no se encuentran a sí mismos ¿Somos incapaces de concentrarnos? En ese caso, un poco de práctica diaria —y la férrea voluntad para hacerlo— nos dará la fuerza que nos falta. El que procura diariamente hacer esto, aunque sólo sea por media hora, dominará con el tiempo sus pensamientos errantes.

Una advertencia:

Cuando la debilidad moral y el desequilibrio emocional se unen a las prácticas místicas, el resultado no es la elevación del alma a la espiritualidad, sino la regresión de la mente hacia el estado de mediumnidad.

La práctica de la meditación que no va acompañada del cultivo de las defensas éticas e intelectuales puede conducir a un engaño de sí mismo, a un aumento del egoísmo, a las alucinaciones y aun a la locura. Por lo tanto el aspirante no debe buscar un sendero rápido y fácil para llegar a las experiencias ocultas, sino un atento ennoblecimiento de carácter, un resuelto ataque a los defectos y un correcto equilibrio de intuición, emoción, pensamiento y acción.



Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

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