Historia del capitám.

Varios/Otros


Nos sentamos a la mesa. El capitán comenzó su relato:

-Desde mi juventud he servido en el ejército y nunca en una guarnición. Conocía bien mi oficio y mis superiores me consideraban como un oficial modelo. Pero yo era joven, al igual que mis amigos. Por desgracia empecé a beber, y de tal modo me entregué a la bebida, que caí enfermo. Cuando no bebía era un excelente oficial, pero al primer vaso que volvía a beber, tenía que guardar cama seis semanas. Me aguantaron durante mucho tiempo; pero al fin, por haber insultado a un jefe después de haber bebido, fui degradado y condenado a servir tres años en una guarnición; me amenazaron con un castigo más severo aún, si no abandonaba la bebida. En situación tan miserable, quise luchar por contenerme, pero fue inútil; me fue imposible renunciar a mi pasión y decidieron enviarme a un batallón disciplinario. Cuando me lo hicieron saber, yo no sabía lo que me cogía.

Un día, sentado en mi dormitorio, iba pensando en todas estas cosas. Y en esto se presentó un monje que pedía para una iglesia. Cada cual daba lo que podía. Al llegar junto a mí, me preguntó por qué estaba tan triste. Yo hablé un poco con él y le conté mi desgracia. El monje se compadeció de mi situación y me dijo:

-Lo mismo que a ti le sucedió a un hermano mío, y voy a contarte cómo consiguió vencer su vicio. Su padre espiritual le dio un Evangelio y le ordenó leer un capítulo cada vez que le vinieran ganas de beber; si las ganas volvían, debía leer el capítulo siguiente. Mi hermano puso en práctica el consejo, y de allí a poco tiempo quedó libre de la pasión por la bebida. Hace ya quince años que no ha probado ninguna bebida fuerte. Imita su ejemplo, y pronto verás cuánto bien te hace abstenerte como él. Yo tengo un Evangelio; si quieres, mañana te lo traeré.

A lo que yo repliqué:

-¿Y qué voy a hacer yo con el Evangelio, cuando ni mis esfuerzos, ni los remedios de los médicos han podido conseguir que me abstenga de beber? (Hablaba así porque jamás había leído el Evangelio.)

-No digas eso, replicó el monje. Yo te aseguro que si haces lo que te he dicho, encontrarás provecho.

Al día siguiente, en efecto, volvió el monje con el Evangelio que aquí ves. Lo abrí, lo miré, leí algunas frases y le dije:

-No lo quiero, pues no entiendo nada. No estoy acostumbrado a leer los caracteres de iglesia .

El monje continuó exhortándome, diciendo que en las mismas palabras del Evangelio se encierra una fuerza bienhechora; porque es el mismo Dios el que pronunció las palabras que en él están impresas. No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención. Un Santo ha dicho: “Si tú no comprendes la Palabra de Dios, los demonios comprenden lo que tú lees, y tiemblan.” Y seguramente que el deseo de beber es obra de los demonios. Y te digo además esto: San Juan Crisóstomo escribe que hasta el lugar donde está el Evangelio espanta a los espíritus de las tinieblas y es un obstáculo a sus intrigas.

No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo completamente. Algún tiempo después llegó el momento de beber. Tenía unas ganas terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger algún dinero y entrar en la taberna. El Evangelio se me presentó delante de los ojos y, acordándome de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo abrí y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo. Lo leí hasta el fin sin entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me había dicho el monje: “No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención”. ¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo más. La lectura me pareció más clara. Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando se oyó una campana: era la retreta o llamada de la tarde. Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con lo que me quedé sin beber por aquel día.

Al día siguiente, por la mañana, estando para salir a comprar aguardiente, me dije: ¿Y si leyese un capítulo del Evangelio? Después veremos. Lo leí y no me moví. Algo después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio. Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino había desaparecido completamente; me era ya del todo indiferente. Y hace ya veinte años que no he llevado a mis labios ninguna bebida fuerte.

Todos se extrañaron de mi cambio. Pasados tres años fui admitido de nuevo en el cuerpo de oficiales; fui ascendiendo los grados sucesivos y quedé nombrado capitán. Contraje matrimonio con una excelente mujer; hemos reunido algunos bienes y ahora, gracias a Dios, las cosas van marchando. Ayudamos a los pobres en la medida de nuestras posibilidades y damos alojamiento a los peregrinos. Tengo un hijo que ya es oficial y que vale mucho.

Pues bien, después que me puse bueno del todo, prometí leer cada día, durante toda mi vida, uno de los cuatro Evangelios entero, sin admitir dispensa alguna. Y así lo hago. Cuando estoy abrumado de trabajo y me siento muy fatigado, me acuesto y le pido a mi mujer o a mi hijo que lean el Evangelio junto a mí, y de esta manera cumplo mi promesa. En testimonio de agradecimiento y para gloria de Dios, he hecho cubrir este Evangelio de plata maciza y siempre lo llevo sobre mi corazón.»

Yo le escuché con gran placer, y le dije:

-Yo he conocido un caso semejante: en nuestro pueblo, en la fábrica, había un excelente obrero, muy hábil en las cosas de su oficio; pero para su desgracia, bebía con demasiada frecuencia. Un hombre piadoso le aconsejó que, cada vez que le viniesen ganas de beber aguardiente, recitase treinta y tres veces la oración de Jesús en honor de la Santísima Trinidad y en memoria de los años de la vida de Jesús sobre la tierra. Y no es esto todo: tres años después entraba en un monasterio.

-¿Y qué vale más, la oración de Jesús o el Evangelio?

-Ambos son la misma cosa, le respondí. El Evangelio es como la oración de Jesús, porque el divino nombre de Jesús encierra en sí todas las verdades evangélicas. Los Padres dicen que la oración de Jesús es un resumen de todo el Evangelio.

Después de esta conversación dijimos nuestras oraciones; el capitán comenzó a Feer el Evangelio de San Marcos desde el principio; yo le escuchaba haciendo oración en mi corazón. El capitán terminó su lectura a las dos de la madrugada y nos fuimos a acostar.

Según tengo por costumbre, me levanté muy temprano cuando todos aún dormían. Apenas apuntaba el día cuando yo me enfrascaba ya en mi Filocalía. ¡Con cuánta alegría la abrí! Me parecía haber vuelto a encontrar a mi padre después de una larga ausencia o a un amigo que hubiera resucitado de entre los muertos. La abracé y di gracias a Dios por habérmela devuelto; comencé a leer a Teolepto de Filadelfia , en la segunda parte de la Filocalía. Quedé asombrado al leer que propone entregarse a la vez a tres diversas clases de actividad: cuando te sientes a la mesa, dice, da alimento al cuerpo, lectura a tu mente y oración a tu corazón. Pero el recuerdo de la bienhechora sobremesa de la víspera me explicaba prácticamente este pensamiento. Y entonces comprendí el misterio de la diferencia entre el corazón y la mente.

Cuando se despertó el capitán, quise darle gracias por su bondad y despedirme de él. Me sirvió el té, me dio un rublo de plata y nos dijimos adiós. Yo emprendí la marcha lleno de alegría.

Al fin de la primera versta, me acordé de que había prometido a los soldados un rublo, y ahora tenía uno en mi bolsillo. ¿Debía dárselo, o no? Por un lado, pensaba para mis adentros, te dieron de golpes y te robaron, y ya no pueden hacerte mal alguno porque están detenidos; pero por otro lado, acuérdate de lo que está escrito en la Biblia: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer . Y el mismo Jesucristo dijo: Amad a vuestros enemigos ; y en otro lugar: Y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto . Hechas estas reflexiones, volví sobre mis pasos y llegué a la posada en el preciso momento en que el convoy se estaba formando para iniciar la marcha. Corrí en busca de los dos malhechores y les puse el rublo en las manos, diciéndoles:

-Orad y haced penitencia; Jesucristo es el amigo de los hombres y nunca os abandonará.

Dichas estas palabras, me alejé siguiendo el camino en dirección contraria a la que llevaban ellos.



Extracto de: "El peregrino ruso" o también nombrado "Relatos de un peregrino ruso", es un libro del siglo XIX de reconocida fama dentro de la práctica contemplativa hesicasta en la espiritualidad ortodoxa . Junto con la Filocalia es uno de libros más populares del cristianismo ortodoxo

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1 Comentario de lectores

04/09/2012

Hermoso,la palabra sagrada siempre sera el mejor alimento e incentivo para cada ser humano♥

NIDIA LUCIA desde Estados Unidos