Estamos sintonizados con nuestro mundo. Clave 17

Varios/Otros


En el marco del contexto de la Matriz Divina, somos parte de cada brizna de yerba, de cada roca en cada arroyo y río. Somos parte de cada gota de lluvia e incluso del aire fresco que roza nuestros rostros cuando nos alejamos de casa a primera hora de la mañana.

Si tan profunda es nuestra conexión con todo en nuestro mundo, entonces tiene mucho sentido que debemos ver evidencia de esa conexión en nuestras vidas cada día. Quizá vemos de hecho precisamente dicha evidencia, y tal vez la vemos cada día, solamente que no siempre la reconocemos ni la notamos.

Todos sabemos que cuanto más tiempo estamos en la presencia de personas, lugares y cosas que nos rodean, más cómodos nos sentimos con ellos. Para la mayoría de nosotros, caminar por la sala de estar de nuestra casa, por ejemplo, nos hace sentir obviamente mucho mejor que entrar en la "sala" de un hotel en otra ciudad. Por más que el hotel pueda ser mucho más nuevo y que tenga las últimas telas, alfombras y tapicería, no se siente como estar en "casa." Cuando experimentamos algo de esa manera, nuestra comodidad proviene de la sintonización de la energía sutil que nos equilibra con nuestro mundo; llamamos a ese equilibrio: resonancia.

En algún grado, estamos en resonancia con todo, desde nuestros automóviles hasta nuestras casas (e incluso los electrodomésticos de los cuales dependemos cada día), razón por la cual afectamos a los demás, a nuestro entorno y a nuestro mundo con tan sólo nuestra presencia. No es entonces sorprendente que cuando algo cambia en nuestro interior o en las cosas que nos rodean, esos cambios se manifiesten en nuestras vidas... y lo hacen.

Algunas veces estos cambios vienen en formas sutiles. Por ejemplo, tuve un automóvil fabricado en los Estados Unidos con más de 480,000 kilómetros en su motor original cuando lo vendí en 1995. Siempre cuidé lo mejor posible a mi "viejo amigo", un vehículo confiable que lucía como nuevo y me llevaba a salvo desde las montañas de Colorado hasta las colinas de Napa, California, y de regreso al alto desierto del norte de Nuevo México.

Aunque mi auto siempre arrancaba y funcionaba perfectamente para mí, jamás dejaba de "vararse" cada vez que se lo prestaba a alguien. Invariablemente, comenzaba un nuevo ruido en el motor, una luz de alarma aparecía en el tablero de control, o simplemente dejaba de funcionar cuando otras personas con un tacto distinto asumían el papel de conductor. Y con toda seguridad, cuando yo regresaba al asiento del conductor y lo llevaba al mecánico, el problema se "solucionaba solo," desapareciendo misteriosamente.

Aunque el mecánico me aseguraba que "esas cosas pasan todo el tiempo," estoy seguro de que después de unas cuantas de esas falsas alarmas, comenzó a dudar de mí cada vez que veía mi Pontiac con 480,000 kilómetros llegar a su taller. Aunque no puedo comprobarlo científicamente, he hablado con suficientes personas como para saber que esto no es una experiencia inusual. Cuando las cosas son tan familiares con nosotros como nosotros con ellas, parecen funcionar mejor cuando se encuentran ante nuestra presencia. No obstante, a veces nuestra resonancia con el mundo se nos presenta de una manera menos sutil con un mensaje que es más difícil pasar inadvertido, como en el caso del siguiente ejemplo.

En la primavera de 1990, dejé mi carrera en la industria de la defensa en Denver y me fui a vivir temporalmente a San Francisco. Durante el día desarrollaba seminarios y escribía mi primer libro, mientras que por la noche trabajaba como consejero. Específicamente, ofrecía guía sobre cómo comprender el poder de las emociones en nuestras vidas y el papel que juegan en nuestras relaciones. Una de mis primeras dientas describió una relación que era un hermoso ejemplo de qué tan profunda (y qué tan literal) podía ser nuestra resonancia con el mundo.

Ella describía la relación de muchos años con el hombre de su vida como un "noviazgo eterno." Durante más de diez años, habían estado en una relación que parecía estancada y sin esperanzas. Sus conversaciones respecto a casarse siempre terminaban en amargas discusiones, pero aun así no les iba bien separados y deseaban compartir sus vidas. Una noche, mi dienta describió una experiencia de resonancia que fue tan clara y poderosa que le dejó poca duda de que existía dicha conexión con nuestro mundo.

-Hábleme de su vida esta última semana, -le dije- ¿Cómo están las cosas en casa?

-¡Oh! no me va a creer las cosas que me han ocurrido, -comenzó -. ¡Qué semana más extraña! Primero, cuando mi novio y yo estábamos mirando la televisión sentados en el sofá, escuchamos un ruido muy fuerte en el baño. Cuando fuimos a ver lo que ocurría jamás podrá adivinar lo que vimos.

-No puedo siquiera comenzar a adivinar ni a imaginar, -dije-pero ahora estoy realmente interesado... ¿qué ocurrió?"

-Pues bien, la tubería del agua caliente que está debajo del lavamanos explotó y la puerta del gabinete salió volando hacia la pared frente al lavamanos, -respondió.

-¡Caramba! -exclamé-. Jamás he oído hablar de algo así en toda mi vida.

-Eso no es todo, -continuó diciendo-. ¡Todavía falta! Cuando fuimos a la cochera por el auto, el calentador de agua había explotado y había agua caliente por todas partes. Luego, cuando sacábamos el auto hacia la calle, la manguera del radiador del auto explotó, y había líquido anticongelante caliente por toda la entrada de la cochera!

Escuché lo que decía esta mujer y de inmediato reconocí el patrón. -¿Qué estaba pasando en casa ese día? -le pregunté-. ¿Cómo describiría su relación?

-Muy fácil de responder, -dijo sin pensarlo-. La casa había sido como una olla de presión.

De repente, se quedó callada y sólo me miró. -Usted no cree que la tensión en nuestra relación tenga nada que ver con lo ocurrido, ¿o sí?

-En mi mundo, -le respondí-, tiene todo que ver con lo que sucedió. Estamos sintonizados con nuestro mundo, y el mundo nos demuestra físicamente la energía de lo que experimentamos emocionalmente. A veces es sutil pero en su caso, fue literal: su casa reflejó literalmente la tensión que acaba de describir entre usted y su novio. Y lo hizo por medio de la propia esencia que ha sido usada por miles de años para representar la emoción: el agua. ¡Qué poderoso, claro y hermoso mensaje ha recibido del campo! Ahora, ¿qué va a hacer con él?"

Clave 17: La Matriz Divina sirve en nuestro mundo como reflejo de las relaciones que creamos con nuestras creencias.

Reconozcamos o no nuestra conexión resonante con la realidad que nos rodea, ésta existe a través de la Matriz Divina. Si tenemos la sabiduría para comprender los mensajes que nos llegan a través de nuestro entorno, nuestra relación con el mundo puede ser un maestro poderoso. A veces, puede incluso ¡salvar nuestras vidas!


Extracto de La Matriz Divina.
Gregg Braden.

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