El secreto de las siete semillas. VII

Varios/Otros


Había tratado de incorporar el secreto de la semilla del girasol en su vida. Cuando evaluaba la toma de una decisión en los negocios, ya no sólo consideraba aspectos económicos o de resultados; también evaluaba si la decisión estaba alineada con la luz. Reflexionaba éticamente y se cuidaba de filtrar acciones que no encajaran con sus valores más profundos. Ignacio sentía que la vida siempre le ponía por delante varias alternativas de decisión que lo podían llevar a diferentes caminos. Entre las múltiples opciones él debía decidir, y abrir la puerta de aquella que coincidiera con la llave de sus valores. Sólo tenía que darse el tiempo necesario para probar la llave en las diferentes puertas, reflexionar éticamente y luego decidir.

Por otro lado, Ignacio había seguido dando conferencias. Su tema, la espiritualidad en los negocios, era tan novedoso que gustaba mucho a los ejecutivos de empresas. Ignacio no cobraba; era su servicio, su darma. Al dictarlas se sentía muy feliz y realizado. Al final de sus conferencias varios ejecutivos le pedían que los orientara para entrar en el camino espiritual. Tenía claro ahora que su misión en la vida era llevar espiritualidad al mundo de la empresa.

Ignacio se había percatado de que todos sus libros modernos de liderazgo y management estaban alineados con las enseñanzas milenarias de su maestro. Temas como equipos autodirígidos, empowerment, comunicación interpersonal y cambio estaban relacionados con el enfoque espiritual. Por ejemplo, para trabajar en equipo se requería dejar de pensar en intereses egoístas y apoyar las metas acordadas en consenso. Se requería dejar de buscar culpables y más bien ayudar a las personas a realizar un mejor trabajo. Eso, simplemente, era asumir una actitud de servicio y evitar que el ego tomara las riendas. La actitud de servicio nacía naturalmente cuando meditaba y reducía gradualmente el ego. En el caso del empowerment, tan de moda en el medio empresarial, para entregar poder en primer lugar la persona debía estar dispuesta a cederlo. Tenía que dejar de pensar sólo en ella y ver los beneficios para la empresa y para la persona que lo recibía. Para hacer empowerment, la persona debía confiar, entrenar, ayudar y sobre todo no ser adicta al poder. Nuevamente, para Ignacio todo se concentraba en la actitud de servicio y amor hacía los demás. Si realmente quería que las personas crecieran y se desarrollaran, no tendría problemas haciendo empowerment.

A pesar de meditar a diario, Ignacio últimamente vivía muy estresado en la oficina. Tenía claro cuál era su misión en la vida y quería dedicarle tiempo. Sin embargo, la crisis, los problemas y las oportunidades en los negocios también le insumían una gran cantidad de tiempo. Quería hacer tanto, pero el día no le alcanzaba y se sentía totalmente tenso y en descontrol. Ignacio quería hacer de todo: gerenciar su empresa, dictar y diseñar conferencias, participar en congresos y entrevistas, escribir artículos, pasar tiempo con su esposa y sus hijos, tener reuniones de negocios, participar en directorios, y simplemente no podía con todo. Se pasaba los sábados y domingos trabajando, y quien más sufría era su familia.

Había transcurrido la larga espera de seis meses desde que Ignacio sembrara la última semilla. Todas las mañanas visitaba el sitio, pero no se veía nada. Suponía que parte de la enseñanza de las semillas era aprender a tener paciencia, pero le costaba mucho. De pronto, esa mañana ya se podía notar un pequeño brote. Su jardinero le informó que se trataba de una pequeña planta de pino.

Como entonces vería al maestro, se propuso estar muy consciente de cada actividad que realizara durante el día de trabajo para identificar dónde estaba su problema y consultarlo luego con el maestro.

Llegó a su oficina. Tenía planificada una reunión de una hora con el gerente de finanzas, para revisar el flujo de caja.

–¿Cómo andamos? ¿Todo va bien? –preguntó Ignacio mientras el gerente tomaba asiento delante de su amplio escritorio. Era una de esas mesas ultramodernas. Eso y su cómoda silla giratoria parecían establecer una barrera de superioridad entre el jefe y su interlocutor. Desde ahí daba la impresión de que el jefe era capaz de controlarlo todo, como desde la cabina de una nave.

El gerente lo miró con rostro serio, pero entusiasta.

– Todó va según lo previsto, pero el asunto es bastan...

–Un momento, disculpa –le interrumpió Ignacio. Había sonado el teléfono.

Empezaron luego de un par de minutos a revisar el flujo de caja. La silla de Ignacio giraba sin cesar, hacía el lado derecho para revisar datos en la pantalla de su computadora y luego hacía el izquierdo para responder las llamadas que no cesaban. El tiempo, para Ignacio, se iba volando; sin embargo, para el gerente avanzaba a paso de hormiga. Y en efecto, Ignacio era una especie de hormiga laboriosa que no cesaba de atender mil cuestiones simultáneas, mientras que el gerente esperaba después de cada interrupción, sin que pudieran ponerle punto final al tema del flujo de caja.

Quince minutos antes de terminar, entró el gerente de márketing.

–Aquí están los textos de avisos de prensa. Échales un vistazo –le dijo a Ignacio en tono perentorio.

En efecto, Ignacio le había pedido revisarlos, y consumió un largo tiempo chequeando línea por línea y haciendo sugerencias. Al final recordó que tenía una cita pendiente con un cliente. Sin haber terminado de revisar los avisos de prensa, le pidió al gerente de finanzas que planificara para el día siguiente otra reunión que les permitiera terminar con el asunto del flujo de caja.

Cuando llegó a la oficina del cliente, era media hora más tarde de lo pactado. Ya había entrado a otra reunión, pero le aceptaba un almuerzo. Ignacio justo había quedado en almorzar con su familia y tuvo que llamar para cancelar el encuentro. Esperó una hora sin hacer nada. Luego se reunió con el cliente a almorzar.

Cuando llegó a su oficina después del almuerzo, decidió invertir su tiempo ayudando al diseñador gráfico a elaborar el arte de un aviso de prensa. A Ignacio le encantaba el márketing, crear avisos... gozaba usando los programas de diseño por computadora. Pero su especialidad era generar titulares creativos para las campañas. Estuvo tres horas en esto, cuando su gerente de logística lo buscó y lo interrumpió.

–Ignacio, un proveedor internacional llamó para confirmar si en una semana se hará el lanzamiento de su producto.

El gerente de producción no sabía nada del asunto. Ignacio saltó de angustia.

–¡Es cierto, caramba, me había olvidado por completo de planificarlo! Es increíble que algo de tanta importancia... –pero volvió a sonar el teléfono e Ignacio echó manos a la obra, es decir al auricular, mientras el diseñador y el gerente de logística se miraban en silencio.

El resto de la tarde lo emplearon en desarrollar un mediocre plan de emergencia para salir del paso. Pero Ignacio se había comprometido a dar una conferencia en una empresa y tenía que salir para llegar a tiempo. No habían acabado el plan de emergencia. Puso los avances en su maletín para trabajarlo en su casa durante la noche y salió volando. Dictó la conferencia con éxito.

Alrededor de las ocho se dirigió a la casa del maestro. Mientras manejaba pensaba que no tenía su vida bajo control. Se sentía como una marioneta totalmente manipulada por las circunstancias. Era evidente que había pasado todo el día como si estuviera sobre una tela de araña. Mientras más se agitaba más se enredaba, sin conseguir llegar al término de casi nada. Sabía que la meditación lo ayudaba, lo tranquilizaba, pero cuando llegaba a la oficina era un carrusel que no paraba y que le era imposible dominar.

Ignacio estaba feliz de ver al maestro. Realmente lo extrañaba. Los seis meses le habían parecido interminables. Le contó sus frustraciones con el manejo del tiempo y le detalló lo que había hecho durante el día.

–Maestro, la verdad es que me siento poco íntegro. Comunico en mis charlas que uno debe meditar para vivir en paz y tranquilidad, pero yo vivo estresado porque el tiempo no me alcanza. No he dejado de meditar. Siento que la meditación me ha hecho una mejor persona, pero en la oficina no logro estar en paz.

–Ignacio, acompáñame al jardín –fue toda la respuesta del maestro, quien se levantó con calma y le hizo un amplio gesto con su mano izquierda.

Ambos salieron hacía el jardín de la casa. El maestro le entregó un recipiente cuadrado, de plástico.

–Llena este recipiente con agua y riega esa palmera –le dijo el maestro señalando una pequeña palmera que se encontraba junto a la puerta de la casa.

Ignacio no entendía por qué el maestro le hacía regar plantas cuando él necesitaba respuestas para sus preguntas. Pero ya lo conocía; a él le gustaba enseñar usando analogías. Ignacio había aprendido a aprender con esta metodología. Le gustaba mucho porque así los conceptos quedaban grabados en su mente. Ignacio cogió el recipiente, lo llenó de agua y se dirigió a la palmera. Pero como el recipiente estaba rajado, el agua se fue filtrando y llegó muy poco líquido a la planta.

Ignacio ya imaginaba que aquello no era una simple rajadura en el balde. "No en balde me ha traído al jardín", pensó y rió en silencio por el juego de palabras. Poco a poco se había percatado de que con el maestro las palabras y las cosas se disparaban hacía el reino de la alegoría, es decir, cada palabra y cada cosa pertenecían a un registro simbólico del cual podía extraerse alguna enseñanza. No obstante, decidió seguir los pasos del camino por donde lo estaba llevando su maestro.

–Maestro, el recipiente está rajado. ¿No tiene otro para regar la planta? –dijo Ignacio.

El maestro sabía que su discípulo ya había aprendido a esperar sus enseñanzas.

–Ignacio, lo mismo ocurre a los seres humanos. Todos tienen un recipiente de agua que es su tiempo de vida en este plano. Los humanos deciden cómo usarlo. Algunos lo gastan simplemente tirando el agua del tiempo en el desierto; es decir, dedican su vida a actividades poco importantes que no les brindan felicidad ni paz. Otros, como tú, sí orientan su vida hacía actividades importantes, alineadas con lo que realmente quieren para su existencia. Es decir, en vez de tirar el agua en el desierto, la usan para regar la palmera. El problema que tiene la mayoría es que su recipiente está tan rajado de pérdidas de tiempo que les queda poco para dedicarlo a las actividades importantes. Es decir, lo que te ocurrió a ti al tratar de regar la palmera.

Ignacio siempre se sentía superado por algo que no llegaba a comprender totalmente.

–Disculpe, maestro, pero yo no pierdo mi tiempo. Trabajo doce horas diarias. Mi problema es que tengo demasiado trabajo.

–Con el recipiente rajado, puedes trabajar doce horas y aún así no terminarás de regar la planta. No es un problema de horas de trabajo sino de cómo las empleas. El problema contigo es que tus pérdidas de tiempo vienen disfrazadas de una supuesta importancia, por su urgencia. Tú te diste cuenta claramente de que el recipiente estaba rajado; veías salir el agua y tomaste conciencia del problema. Con las "pérdidas de tiempo" en la realidad es muy difícil darse cuenta. Creemos que el agua del tiempo está cayendo en actividades importantes, pero en realidad no es así.

–Pero dígame, ¿en qué he perdido mi tiempo? Todo lo que he hecho es importante.

–Primero definamos qué es lo importante para ti. . ¿Cuál es tu darma o misión en esta vida, lo que realmente quieres lograr al final de vivir en este plano?

Ignacio otra vez se sentía confuso.

–Bueno, ya lo hemos conversado antes –respondió–. Creo que está relacionado con ayudar a espiritualizar el mundo de los negocios. Ayudar a los ejecutivos a darse cuenta de la importancia de vivir con paz y felicidad, al margen de las circunstancias. Hacerles ver la felicidad que dan el servicio y la entrega desinteresada.

El maestro hizo una pausa lenta, como dejando espacio para que Ignacio reflexionara sobre sus propias palabras.

–Si realmente quieres enseñar la importancia de vivir en paz, ¿lo estás haciendo? ¿Qué ejemplo estás dando a los ejecutivos de tu empresa, que te ven correr desesperado entre cita y cita, viviendo en estrés y angustia? ¿Realmente les estás enseñando paz y felicidad al margen de las circunstancias?

Ignacio observaba al maestro con una mirada dócil. Se sentía muy pequeño e ignorante. El maestro, una vez más, le había hecho tomar conciencia de que no era consciente, de que aún tenía mucho que aprender.

–Realmente, de esta forma no estoy cumpliendo mi darma –respondió Ignacio cabizbajo.

–Ignacio, está claro que para ti tu empresa es un medio y ya no un fin en sí mismo. Tu empresa te ofrece un entorno interesante con retos que te permiten crecer. Justamente es difícil mantenerse en paz y felicidad en un entorno así. Pero el fin de todo es desarrollarte como persona para que puedas ser un ejemplo para los otros y servir. Dedícale tiempo a lo importante, Ignacio. Trata de delegar en otros la mayor cantidad de actividades rutinarias, en las cuales tú no aportes un valor. Dales confianza y prepara a las personas que trabajan contigo para que decidan por su cuenta. No actúes llevado por tu ego como el salvador del mundo. No trates de engañarte pensando que si tú no haces las cosas, todo sale mal. Cuida las interrupciones. Uno de tus grandes problemas es que todos te interrumpen. Nuestro ego tiende a deleitarse con la idea de que somos los más importantes, los más consultados, los que tenemos todas las respuestas y soluciones. En el fondo, a nuestro ego le encanta que lo interrumpan, pero a la vez le quitamos tiempo valioso a nuestro espíritu para cumplir su darma.

A Ignacio le costaba trabajo imaginar que las cosas funcionaran sin su omnipresencia.

–Pero maestro, mi gente me necesita; si no los ayudo a tomar decisiones, se paraliza la empresa.

El maestro hizo un gesto que aludía a la palmera que permanecía junto a ellos, sin haber sido regada a causa del balde rajado.

–Yo creo que tú los necesitas más de lo que ellos te necesitan a ti. Aprende a soltar el poder egoísta que quiere ser el centro de todo. Prepara y ayuda a tu gente con amor para que puedan decidir y trabajar por su cuenta sin necesitarte. Dales el agua de tu confianza para que puedan crecer. Una vez vino una señora a pedirme consejo respecto a su hijo de cinco años, que era muy dependiente: a todos lados quería ir con ella, no la dejaba tranquila. El niño era muy inmaduro para su edad; sólo quería que lo cargaran como a un bebé. Yo le pregunté: "¿Señora, usted quiere tener un bebé o un niño?". La señora se molestó con mi pregunta: "¿Por qué cree que estoy acá?", me dijo molesta. "Está acá para arreglar el problema de su niño, no para escuchar lo que usted quiere escuchar", le respondí. Le expliqué que subconscientemente ella era la que estaba creando la dependencia, que en el fondo ella misma no quería que su hijo creciera, quería seguir teniéndolo a su costado, sintiéndose necesitada e importante. Ignacio, eso mismo te pasa: en la oficina con tus subordinados. Las águilas hembras –continuó el maestro– primero enseñan a volar a sus críos siendo ellas el ejemplo. El crío aprende observando mientras crece y se fortalece. La madre observa el peso de su crío, la cantidad y la longitud de sus plumas, y cuando siente que está lista le da un empujón y lo avienta al vacía. El crío se ve forzado a abrir sus alas y a valar. Luego la madre lo sigue de cerca para ayudarlo ante cualquier problema, pero tomando cierta distancia para que el crío no dependa de ella. La naturaleza contiene mucha sabiduría. Sigue los pasos del águila con tu gente: prepáralos, capacítalos y luego lánzalos al vacío para que vuelen solos. Mantente cerca, pero a la vez lejos, para ayudarlos á seguir creciendo y a que logren la independencia.

Ignacio reconoció que una vez más la visión del maestro era irrefutable.

–Está bien, estoy de acuerdo en que si realmente hago un esfuerzo podría delegar gran parte de mi trabajo –afirmó–. Quizás tendría un poco más de tiempo, pero no creo que sería el suficiente. Siento que no me alcanza el tiempo aún para hacer todas las cosas importantes. Quiero diseñar y dar conferencias sobre espiritualidad, quiero sacar adelante mi empresa y hacer de ella un ejemplo, me encantaría escribir sobre estos temas, quiero ayudar, quiero estar con mi familia, necesito hacer deporte y nunca puedo. En fin, no me alcanza el tiempo.

El maestro le hizo un gesto para que lo siguiera a la habitación:

–Me imagino que ya sabes cuál es la planta que salió de la última semilla que sembraste.

Ignacio se sentó sobre el cojín, frente al maestro.

–Sí, es un pino, pero no tengo la menor idea de cuál es la enseñanza que representa.

–¿Qué crees que es lo peculiar de un pino? –le preguntó el maestro mirándolo fijamente y colocando sus largas manos sobre sus rodillas.

–¿La altura? –respondió Ignacio, inseguro.

–Cierto. Es una de sus características, pero lo que hace al pino especial es la simetría de sus ramas. Es un árbol perfectamente simétrico. Esto le da un excelente equilibrio que le permite crecer muy alto y permanecer totalmente balanceado. Además, si tú te subes a la cima de un pino y miras hacía abajo, lo que verás es una masa verde sólida. Cada rama está ubicada de tal manera que no le produce sombra a la otra; así maximiza la absorción de energía solar. Por último, en invierno, cuando en las zonas nórdicas el pino se llena de nieve, la forma de sus hojas impide que esta nieve se acumule y que el pino pierda su equilibrio natural. A diferencia de otros árboles, el pino deja pasar la mayor parte de la nieve y evita un posible colapso por exceso de peso.

El maestro hizo una pausa antes de proseguir.

–Y ahora, ¿entiendes por dónde va el mensaje?–. Al ver que Ignacio todavía dudaba, le explicó–: El mensaje de sabiduría que encierra el pino es el del perfecto equilibrio en la vida. Nosotros, como el pino, también tenemos ramas, es decir, los diferentes papeles que jugamos en la obra de teatro de nuestra vida. Por ejemplo, tú eres gerente de tu empresa, pero además eres padre e hijo. Tienes un papel de amigo, ahora estás jugando el papel de expositor y quieres jugar el de escritor. El secreto, Ignacio, es que debes tratar de equilibrar cada rama o papel que juegas en tu vida logrando el balance perfecto. Debes buscar que, en el largo plazo, un papel no le haga sombra al otro, tal como lo logran las ramas del pino: todas reciben por igual la energía del sol. Por último, en cada papel en tu vida tendrás dificultades y obstáculos. En vez de angustiarte y cargar el peso de los problemas, aprende del pino a permanecer siempre ligero. Deja pasar todo el peso de la nieve de los problemas para mantenerte siempre en equilibrio y poder seguir creciendo. Planifica cada semana de manera que puedas darle tiempo a tus diferentes papeles en la vida.

Ignacio sintió que cada vez el camino era más difícil. Pero al mismo tiempo se sentía capaz de superar los obstáculos.

–Habrá semanas –continuó el maestro– en que por la coyuntura tendrás que darle más tiempo a un papel, pero en el largo plazo debes balancearlo entre todos. Es como un malabarista que tiene varias varillas con platos encima: debe girarlos permanentemente; si no, perderán velocidad y se caerán. Si sólo gira uno de esos platos, el resto terminará en el suelo. Cada papel que juegas en la vida es como uno de esos platos. Si no les das impulso a todos, uno de ellos terminará en el suelo.

–Estoy de acuerdo en que tengo todos esos papeles que jugar –interrumpió Ignacio–, pero ¿cómo diablos logro el equilibrio del pino?

–Cuidando invertir tu tiempo en lo que es verdaderamente importante, y no dejándote arrastrar por las corrientes y los remolinos de lo urgente. Aprende a decir que no a las interrupciones y a los trabajos que te gustan, pero en los cuales no aportas un valor significativo. Deja de asistir a todas las reuniones, confía en tu personal y trata de delegar lo máximo posible para concentrarte en lo que realmente quieres lograr en la vida.

A Ignacio le daba la impresión, a veces, al escuchar al maestro manejarse de ese modo, que aquel hombre, una vez concluidas sus sesiones espirituales, corría a sumergirse en la vorágine de una empresa secreta, donde manejaba codo a la perfección y sabía cómo enfrentar cada problema.

–Maestro, usted me habla como si supiera, como si hubiera vivido todo esto anteriormente, como si hubiera gerenciado empresas. ¿Es posible?

–Todo es posible en la vida –le dijo el maestro con una sonrisa de aceptación–. Estos consejos que te doy son sólo sentido común desde el punto de vista de una persona que está fuera de tus problemas.

Acto seguido, el maestro le pidió a Ignacio que lo acompañara a su cocina. Era la primera vez que Ignacio entraba en un ámbito de la casa que no fuera la habitación de consultas o el jardín. De pronto le sorprendió la pulcritud del lugar, la rareza de algunos recipientes y la enorme cantidad de especias y pequeños frascos de té perfectamente alineados. El maestro puso una tetera en la hornilla y cuando el agua hirvió, le dijo:

–Con tu mano, trata de agarrar el vapor que sale de la tetera.

Ignacio ni siquiera lo intentó.

–Maestro, eso es imposible, nadie puede agarrar el va por de agua.

–Inténtalo de todas maneras –le dijo el maestro.

Ignacio se acercó a la tetera y con un gesto de resignación intentó fallidamente coger el vapor.

–Ahora, Ignacio, trata de agarrar esta agua del caño con tu mano.

El maestro abrió el caño del lavadero e Ignacio procuró retener el agua con su mano.

–También es imposible hacerlo, a menos que tenga una vasija. Sólo puedo retener unas cuantas gotas.

Finalmente el maestro sacó unos cubos de hielo del refrigerador y le pidió a Ignacio que tratara de cogerlos cuando él los soltara; Ignacio cogió todos los cubos de hielo con facilidad. Sabía que algo importante se escondía detrás de aquellas maniobras, pero no acertaba a explicarse qué.

–El tiempo es como el agua –le dijo el maestro, mientras servía el té en dos pequeñas tazas–. Cuando vives sólo en la urgencia, tu tiempo se evapora como el agua hirviendo y te es imposible retenerlo para actividades importantes. Cuando estamos más conscientes de la necesidad de concentrarnos en las actividades importantes y dejamos de estar todo el tiempo en la urgencia, es como el agua líquida: todavía escurridiza, pero ya podemos retener algunas gotas. Finalmente, cuando hacemos bloques con nuestro tiempo y lo separamos para las actividades importantes, es como los bloques de hielo: realmente tenemos el control en nuestras manos. El consejo que te quiero dar, Ignacio, es que compartimentes tu semana. Congela tiempo en bloques para tus actividades importantes. De lo contrario, el tiempo se esfumará como vapor de agua.

Ignacio entendía el sentido de todo aquello, pero necesitaba algo más específico.

–Pero ¿a qué se refiere con compartimentar o congelar mi tiempo?

–Por ejemplo, si quieres hacer conferencias, asigna un par de días fijos a la semana a ciertas horas; lo mismo si quieres escribir. Programa con fecha y hora un tiempo sólo para pensar y otro para trabajar en asuntos pendientes e importantes. Si consideras que visitar a los clientes más relevantes de tu empresa es importante, pues programa un tiempo fijo en la semana para hacerla. Si bloqueas tu semana para actividades realmente importantes, te mantendrás alineado con tu verdadera misión en la vida, Ignacio. Eso sí, esto funciona solamente si tú lo respetas. Te recomiendo distribuir una copia de tu horario a los ejecutivos de toda tu empresa, para que sepan cuáles son tus tiempos bloqueados. No bloquees todas las horas de la semana porque eso no funciona. Necesitas tiempo libre y disponible para que tu personal te haga consultas, para reuniones diversas o simplemente para ocuparte de asuntos imprevistos. Ignacio, el ser humano emprende el viaje de su vida en una canoa desde lo alto de un lago, discurre por un río y termina siempre en el océano fundiéndose con Dios. Cómo decide viajar e invertir su tiempo, depende sólo de él. A algunos les encanta estar todo el tiempo en los rápidos del río, aún si ello los hace estrellarse contra las rocas. Les encanta la adrenalina que esto les genera. Dedican su existencia a ir lo más rápido posible y piensan que su meta en la vida es superar las piedras y los obstáculos. Otros deciden vivir su vida más en paz. Maniobran la canoa para no pasar por los rápidos, se detienen a descansar en las lagunas que va formando el río y entienden que su objetivo es disfrutar viajando felices y en paz. Ambos llegan al océano de Dios al final de su vida. ¿En qué grupo quieres estar tú?

–La respuesta es evidente. No creo que exista un ser humano que no quiera vivir en paz y ser feliz, sin riesgo de estrellarse contra las rocas. Lo que ocurre es que todo el sistema en el que vivimos lleva a creer que la meta es ir más rápido, tener más logros, más prestigio y éxito.

–Es difícil romper un hábito. Tú has vivido tu vida como si estuvieras en la primera canoa. Desde esa canoa, es difícil ver las oportunidades para desviarse de los rápidos y pasar a zonas más calmadas. Se requiere estar muy consciente todo el tiempo. A partir de ahora, Ignacio, cada fin de semana planificarás tu semana siguiente asignando tiempos a los diferentes papeles que juegas en la vida. Bloquearás tu semana para que nadie pueda invadir tus zonas de actividades importantes, como son las relacionadas con tu darma y con la práctica de la meditación. Al final de la semana harás una evaluación profunda de cómo te fue y seguirás mejorando.

–Tengo muchos deseos de empezar esta planificación –dijo Ignacio–. Jamás lo he hecho de la forma en que me lo plantea. Creo que con esto lograré el equilibrio en mi vida.

El maestro dio un último y profundo sorbo de té, miró otra vez a Ignacio y le respondió:

–No necesariamente. Te falta un elemento muy importante. Sería imposible que el pino lograra su equilibrio si no se alimentara con agua limpia y nutrientes adecuados.

Si no fuera así, cualquier viento lo podría derrumbar. Ignacio, Dios te ha dado un cuerpo para llevar a cabo tu darma en esta vida, y tienes que cuidarlo. Tu cuerpo es como un vehículo y tu espíritu es el conductor. Si lo alimentas con combustible sucio y de bajo octanaje, no podrás llegar muy lejos. Tienes que entender los diferentes tipos de alimentos y su impacto en tu cuerpo.

Ignacio otra vez se sentía desorientado, pues nuevamente el maestro lo tomaba por sorpresa. Aquel hombre pareda tener un estricto plan con respecto a su persona, un plan salvador que iba poniendo en práctica poco a poco, según el momento en el que estuvieran situados.

–Existen tres tipos de alimentos –continuó el maestro al ver el rostro extrañado de Ignacio–: los tamásicos, los rajásicos y los sátvicos. Lo tamásicos son aquellos que te producen somnolencia, flojera, inacción, inercia y pesadez. Son, por ejemplo, comida guardada por más de un día, comida enlatada, quesos curados, comida sobrecocinada, seca y sin jugos, carnes rojas, vinos, bebidas alcohólicas, y además el tabaco.

Los alimentos rajásicos son los que te llevan a actuar todo el tiempo; te producen euforia, energía, agresividad, te llenan de pensamientos, angustias y preocupaciones. Las comidas rajásicas tienen muchos condimentos picantes, mostaza, ají, rocoto, pepinillos encurtidos, ajo y cebolla; también están el café, la carne de pescado y el pollo. Finalmente, los alimentos sátvicos son los que te producen balance y paz e increnientan tu vitalidad y fuerza. Estas comidas producen alegría, claridad y equilibrio; son como un cariño a nuestro estómago. Son los vegetales, las frutas, las nueces, todo lo que sea comida fresca, productos lácteos, mantequilla, quesos suaves y cereales. Como norma general, debes tratar de eliminar los alimentos tamásicos. Debes ingerir un porcentaje moderado de alimentos rajásicos. Los alimentos rajásicos te dan energía y te orientan a la acción. En la vida que tú vives, necesitas algo de estos alimentos para estimular tu voluntad. Pero debes concentrar tu alimentación en los alimentos sátvicos. Eso te dará más balance, paz y equilibrio.

De pronto, a Ignacio aquello le parecía un reto tan grande como los anteriores.

–¡Pero qué difícil, maestro! Me encantan las carnes rojas y me parece aburrido tener que comer lechugas todos los días. Pero lo más complicado es dejar el café. Me tomo mínimo seis tasas diarias en la oficina, además de diez gaseosas que contienen cafeína.

–En cuanto a lo del café, tú decides –respondió el maestro–. Si quieres paz, tomar esa cantidad de cafeína no te ayudará. Cuando ingieres mucha cafeína es muy difícil concentrarse en la meditación. Yo sé que tú lo vienes haciendo, pero si dejaras la cafeína sentirías la diferencia. La dieta que te propongo puede ser muy placentera si aprendes a prepararla y combinarla. Estas son sólo recomendaciones, Ignacio. Depende de ti si quieres vivir en balance, con un cuerpo saludable, con una vejez digna y sobre todo con más paz.
Ignacio sentía que el costo era cada vez más alto. El maestro pareció leer su mente.

–El costo es mucho más alto cuando tienes un problema de salud irreversible por una mala alimentación. Lo que debes hacer es simplemente estar más consciente de lo que ingieres y dejar de darle tanta importancia a los placeres del estómago. En Occidente, ustedes premian con admiración y distinguen a aquellos que se llaman gourmet, aquellos que comen una enorme cantidad de alimentos destructivos para el cuerpo. El qué comes no debe ser un símbolo de estatus frente a la sociedad; más bien debe ser una elección privada para buscar un mayor balance en la vida. Cuentan que un príncipe, estando de cacería con su águila, tenía mucha sed. Hacía días que no encontraban un estanque de agua para beber. Finalmente, en las alturas de una montaña, divisaron una pequeña laguna. Subieron hasta allí. El príncipe sacó su taza y el águila voló para cazar alguna presa. Cuando el príncipe intentó beber el agua de su taza, el águila la botó con su garra, impidiendo que el príncipe la tomara. Nuevamente el príncipe intentó beber y ocurrió lo mismo. El príncipe, cansado del águila, sacó su espada dispuesto a matar a su mascota si le derramaba el agua otra vez. Luego se dispuso a beber y cuando vio que venía el águila a hacerle lo mismo, sacó su espada y la mató. Con toda esta maniobra su taza cayó cuesta abajo. Cuando el príncipe recogió su taza vio otra laguna que alimentaba aquella donde él había estado, con una serpiente venenosa muerta. Entonces entendió lo que su compañera, el águila, trataba de hacer: salvarle la vida. Ignacio, en esta historia nuestro cuerpo es el águila. Nos avisa con muchas señales lo que no debemos comer, pero nosotros no le hacemos caso. Cuando comemos muchas carnes, nos hinchamos y no podemos dormir bien. Cuando tomamos mucha cafeína estamos eléctricos, acelerados y no podemos conciliar el sueño. Cuando comes comida sátvica tu cuerpo está en paz y feliz, y te lo agradece premiándote con buena salud. Aprende a escuchar al águila de tu cuerpo. Existe, además, otro alimento que no masticas, pero que te contamina: la televisión. La televisión alimenta tu mente, pero desgraciadamente la llena de temor, violencia y agresión. Si quieres vivir basándote en valores de paz, felicidad y tranquilidad, tienes que desenchufarte o en todo caso usarla para ver programas culturales y pacíficos.

–Pero si no veo noticieros, cómo me voy a enterar de lo que pasa en el mundo y en el país.

–Lee el periódico. Ver televisión es como ir a una comida donde el menú es fijo. Este ha sido preparado por alguien y te sirven lo que a esa persona le gusta o le parece bueno. En cambio leer el periódico es como ir a un buffet. Tú tienes una diversidad de noticias, pero puedes escoger cuáles leer. Ignacio, hazte responsable no sólo de lo que ingiere tu estómago sino también de lo que ingiere tu mente. Buscar tu paz interior es tu responsabilidad. Ahora ve y practica lo que te he enseñado. Regresa después de tres semanas de haber aplicado realmente las enseñanzas.

–¿Pero no me va a dar una nueva semilla? –preguntó Ignacio. El maestro le había dicho que eran en total siete semillas. Él ya conocía seis y tenía mucha curiosidad por saber cuál era la última.

–Aún no. Primero debes practicar.



Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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