El secreto de las siete semillas. VI

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La semilla era de girasol. No habían pasado más de dos meses después de ser sembrada y ya había salido una flor, maravillosa que rotaba durante el día encontrando el sol. Ignacio pensó que la enseñanza debía estar relacionaba con la luz. Quizás era la importancia de orientar las acciones hacía el bien, como el girasol orienta su flor hacía la luz.

Pero Ignacio no le prestó mucha importancia a la planta. Últimamente andaba muy preocupado porque, si bien su empresa estaba mejor, necesitaba hacer una reducción importante de personal para mantenerla competitiva. La reducción la tenía planificada para cuatro meses después. Su dilema era si comunicaba a todas las personas su decisión desde ese momento o lo hacía una semana antes de los despidos. Comunicarle a las personas con anticipación que iban a ser despedidas era lo más humano, ya que podían empezar a buscar algún otro trabajo. Sin embargo, estaba seguro de que el anuncio de la reducción de personal bajaría fuertemente la calidad y la productividad de la empresa. No sabía qué hacer. Pensaba consultarlo con el maestro.

Ese día tenía una reunión importante con Pedro, el gerente de márketing. Él había estado trabajando en una venta muy significativa para una dependencia del Estado. Si la lograba, eso le daría tranquilidad financiera a la organización. Pedro entró a la oficina de Ignacio con mucha seguridad, con una sonrisa dibujada en su rostro.

–Ignacio, la cuenta del Estado es nuestra –dijo.

–Cuéntame, ¿cómo estamos? ¿Cuándo será la compra? ¿De qué cantidades estás hablando? –preguntó Ignacio lleno de ansiedad.

–Si concretamos la venta, representa un diez por ciento de todo nuestro presupuesto de ventas del año. Y aunque no lo creas pagan al contado, apenas firmemos el contrato y les otorguemos la carta de fianza.

–Bueno, ¿qué esperamos? –exclamó Ignacio con desesperación–. ¿Qué falta para cerrar?

–Lo único que falta es que le confirmemos al encargado de compras que le dare-mos la suya.

Al principio, Ignacio se sorprendió.

–Espera un momento, ¿te refieres a una coima? –preguntó.

–Claro, como lo has hecho otras veces con algunas entidades del Estado.

Ignacio quería decirle que ya no era la persona de antes, que ahora había otras cosas que importaban, además de conseguir logros y metas. Por ejemplo, su tranquilidad y su paz. Pagar una coima lo intranquilizaba y angustiaba. Intuía que no era lo correcto, pero a la vez tenía dudas porque realmente necesitaba de las ventas.

–Si alguna vez lo hice, no significa que tenga que hacerlo toda la vida, ¿no te parece? –objetó Ignacio.

Pedro no creía lo que estaba oyendo.

–No te me vengas a hacer el santurrón –le dijo, con un gesto de frustración en la cara–. Tú sabes que en el Estado, para este tipo de compras, todos pagan una comisión. Si no estás dispuesto a pagarla, entonces tu competencia lo hará y te ganará el negocio. No sabes lo que me ha costado convencer al encargado de compras para que nos favorezca. Vengo trabajando esta cuenta por meses. ¿No te das cuenta de que estamos en una guerra y que todo vale? Necesitamos aumentar nuestras utilidades. Con esta cuenta mejoraremos nuestros estados financieros y los bancos nos reducirán la presión. Sólo dime que sí va la comisión y yo lo arreglo.

Ignacio quería ganar tiempo para consultarlo.

–Déjame pensarlo, te respondo mañana a primera hora. Al final del día partió a la casa del maestro. Una vez que estuvo sentado en su cojín, sobre el suelo, le contó el dilema de la comisión y le pidió consejo.

–Un alpinista siempre tiene muchos caminos posibles para llegar a la cima –comentó el maestro–. Algunos más lentos, menos empinados, pero más seguros. Otros mucho más cortos, más empinados y con mucho hielo suelto. Lo mismo ocurre en el mundo de los negocios. Tal como muestra tu dilema, tienes varias rutas para alcanzar la cima de tus metas. Algunas más rápidas, como pagar comisiones deshonestas a terceros, y otras relativamente más lentas, pero más seguras a largo plazo, como basar tus conductas de negocios en la ética y los valores. Quizás el alpinista no se caerá en esta oportunidad si toma la ruta más corta y tiene suerte. Pero estoy seguro de que a largo plazo, si cortar caminos se convierte en un hábito para él, resbalará en la nieve suelta y arriesgará su vida. Cuando actuamos en contra de nuestros valores, el camino también es resbaloso y nos podemos caer en cualquier momento. Ahora, la elección del camino que toma el alpinista hacía la cima depende de cuál sea su objetivo al escalar la montaña. Si lo que quiere es llegar lo más rápido posible a la cima, sin importarle cómo, quizás tomará la ruta corta y arriesgada. Si su objetivo, en cambio, es disfrutar cada uno de sus pasos en el ascenso hacía la cima, con paz, felicidad y tranquilidad, estoy seguro de que tomará el camino más sólido.

El maestro dejó de hablar por unos segundos, se acomodó muy erguido en el cojín, y continuó:

–Ignacio, volvemos a la misma pregunta que ya hemos discutido anteriormente. ¿Cuál es tu objetivo al escalar la cima de tu vida? ¿Llegar más rápido? ¿Subir más alto que nadie? ¿O vivir en paz y disfrutar el camino?

En aquel momento, Ignacio tenía una sola respuesta.

–Ya lo hemos conversado. Unos meses atrás le hubiera dicho que el fin justifica los medios y no hubiera dudado ante la posibilidad de realizar la venta a partir de la coima. Pero ahora, cada vez me convenzo más de que mi meta es vivir en paz y con tranquilidad. Pagar la coima me hace sentir deshonesto, sucio, y eso me incomoda. Lo increíble es que no me reconozco. Antes ni siquiera lo hubiese reflexionado. Para mí los negocios eran negocios y todo valía con tal de ganar. En otras palabras, antes tenía un diablito mental que me aconsejaba en todas mis decisiones de negocios. Ahora también hay un angelito que le habla a mi otro oído y la verdad es que no me resulta fácil.

El maestro, una vez más, sabía exactamente a qué se refería Ignacio.

–Lo que ocurre, Ignacio, es que meditar, hacer servicio, controlar tu ego, ha hecho que aflore tu propio ángel interno: tu alma. Ha hecho que se desarrolle tu intuición y espiritualidad y que tengas más presente la divinidad en todas tus decisiones. El problema con los dilemas éticos es que hay muchas conductas que son aceptadas como válidas por la sociedad, pero que violan principios éticos. Un caso típico es el dilema que me traes: pagar o no pagar coimas y comisiones. Muchas personas justifican el pagar comisiones argumentando que todos lo hacen, que es normal, que es la forma tradicional de hacer negocios. En otras palabras: "Si todos lo hacen, ¿por qué yo no?". Otra conducta aceptada qué va en contra de los valores es, por ejemplo, comprar artículos robados, sobre todo repuestos de automóviles, o comprar libros pirata. Las personas que adquieren estos artículos ni siquiera piensan que están fomentando la deshonestidad. Es más, justifican su conducta diciendo: "Los otros libros son muy caros" o "¿Para qué
vamos a pagarle al autor si ya tiene demasiada plata?". Las conductas aceptadas por la sociedad empañan los lentes mentales de las personas y no se dan cuenta de que actúan en contra de sus va-lores. Estoy seguro de que a sus hijos sí les exigen honestidad y que no digan mentiras, y los educan para que no roben, pero no se dan cuenta de que al comprar algo robado o pirata, justamente están robando los derechos de otras personas.

Ignacio no salía de su asombro. Primero, el maestro había reflexionado sobre el mundo de los negocios con tanta lucidez como lo hacía con cuestiones espirituales y psicológicas, y ahora se introducía en el terreno de la ética con una percepción clarísima de las cosas. El maestro continuó:

–Cuentan que un emperador ordenó que aquellas personas que compraban o aceptaban mercadería robada fueran condenadas a muerte, pero no dio ninguna condena para los ladrones. Todo su pueblo lo criticó por actuar de forma irracional. Entonces el emperador llevó a todas las autoridades de su pueblo al coliseo. Puso unos ratones en el medio de la arena y les arrojó trozos de queso. Las personas estaban intrigadas con el emperador, pensaban que se había vuelto loco. Al ver el queso, los ratones lo cogieron y cada uno huyó a su hueco. Al día siguiente volvió a juntar a todas las autoridades en el coliseo, volvió a poner ratones en el medio de la arena, pero esta vez bloqueó la entrada a los huecos de los ratones. Los ratones cogieron el queso, pero como no podían entrar a sus huecos a consumirlo, dejaron el queso en su lugar y escaparon. El rey demostró que si no existen los consumidores de los bienes robados, tampoco habrá ladrones.

El maestro se amasó suavemente la barba, tomó aliento y continuó explicando:

–Ignacio, si nadie comprara libros pirata, no habría personas reproduciéndolos. Si nadie comprara artículos robados, disminuirían los robos. Si nadie diera coimas, las personas no las pedirían. Somos nosotros mismos quienes hemos fomentado antivalores que ahora son aceptados por todos. Nosotros mismos hemos empañado nuestros lentes mentales. No nos damos cuenta de que a la larga cada coima que damos o cada acto deshonesto en que incurrimos, afecta a toda la sociedad y nos afecta a nosotros mismos. Mañana puedes ser tú la víctima de una coima o de un robo. El meditar y hacer servicio ha hecho que tus lentes mentales estén más limpios y que tengas la posibilidad de cuestionar la intensidad ética de las situaciones.

Ignacio sabía que el maestro tenía razón en términos teóricos, pero no entendía cómo podía él mismo, un empresario sumergido en la lucha de la competencia y de la sobrevivencia, abstraerse del mundo real según principios éticos. Si todo el mundo coimeaba, él no sobreviviría negándose a hacerlo. Le restaría muchas posibilidades.

–Es difícil, maestro, dejar de pagar coimas –sostuvo Ignacio–. La empresa tiene tanto que perder si no lo hago...

–Más bien es al revés: tu empresa tiene tanto que perder si lo haces... –respondió el maestro.

–¿A qué se refiere?–. Para Ignacio seguían estando demasiado claros los beneficios que obtendría y lo mucho que perdería de persistir en sus escrúpulos.

–Un trozo de oro a una gran distancia se ve como una pequeña pepita. Una pepita de oro vista a un centímetro de nuestro ojo se ve como un gran trozo de oro. Tú estás viendo a corta distancia todo lo que puedes ganar pagando la coima, pero en realidad sólo ves la pepita de oro. Estás tan desesperado por ganar esa pepita que no ves a lo lejos el gran trozo de oro que obtienes al no pagar comisiones. Aprende a analizar las consecuencias de tus actos y a ver la figura completa. Toma conciencia de todo lo que puedes perder por dar esa comisión y valora todo lo que puedes ganar como persona y empresa al actuar basándote en tus principios.

–Si no pago la comisión, lo único que puedo ganar es una mayor tranquilidad moral. ¿Qué más puedo ganar?

El maestro lo miró moviendo la cabeza con ese gesto típico de pesadumbre de quien ve las cosas con una claridad superior, ante alguien que se obstina en equivocarse.

–Muy sencillo, Ignacio. Primero piensa en las consecuencias negativas. ¿Te has puesto a pensar que pueden descubrir que tu empresa ha pagado coimas y, en el mejor de los casos, aparecer una denuncia en los medios de comunicación? Podrían crearte una mala imagen en la comunidad. En el peor de los casos, te pueden encarcelar por cometer un delito. Cuando tu empresa paga coimas, envías un mensaje a toda tu organización: "Aquí se valora la deshonestidad, sacar la vuelta al sistema, engañar y aceptar sobornos". ¿Acaso quieres que tu propia gente acepte coimas y te haga comprar artículos de mala calidad a proveedores corruptos? Ignacio, recuerda que tus actos son los que definen los valores de tu organización, y no tus palabras. Podrás hablar mucho sobre el valor de la honestidad, pero si no la demuestras con tus actos, jamás calará en tu empresa. ¿Cuánto puede perder tu empresa por robos, sobornos y engaños? Por otro lado, mira todo lo que puedes ga-nar no pagando esa coima. Además de estar más en paz y contento
ontigo mismo, estarás enviando un ejemplo de congruencia a toda tu organización. Aumentarás la confianza de las personas en ti como líder, educarás a tu personal para respetar los valores que tú verdaderamente quieres en tu empresa, pero sobre todo estarás alineando tu organización con la luz, estarás actuando con los valores del alma y, por la ley del karma, obtendrás mejores resultados. Lograrás el trozo de oro, no la pepita. Ahora dime, Ignacio, ¿no crees que tienes mucho que perder pagando la coima?

Ignacio había dejado de estar obstinado. En realidad, muy en el fondo de su alma, desde el comienzo de aquel diálogo no había querido otra cosa que llegar al fondo del asunto.

–Nunca me había puesto a pensar en las consecuencias de esa forma.

–A los caballos, cuando compiten, les ponen unas anteojeras para quitarles la visión lateral. El jinete quiere que el caballo mire únicamente hacía adelante, hacía la meta, y que no se distraiga mirando a su alrededor. Lo mismo le ocurre a los ejecutivos: tienen sus anteojeras puestas para sólo mirar sus metas y obtener resultados. Al tomar sus decisiones, dejan de lado aspectos humanos y valores porque sus anteojeras mentales no les permiten ver la figura completa. Ignacio, sácate las anteojeras y verás la verdadera realidad. Verás que no hay sólo un camino para llegar a la meta.

Ignacio estaba sorprendido por el profundo pensamiento ético del maestro. Todos estos temas eran muy nuevos para él. La ética y los negocios siempre habían sido dos aspectos de su vida que había mantenido totalmente separados. Ignacio tomaba conciencia de haber vivido un doble estándar de conducta. La ética era para el hogar, los amigos y la familia. En cambio en los negocios todo valía, y los valores se usaban sólo para colgarlos en un lindo cuadrito en las oficinas de los gerentes. Una sensación de incertidumbre y angustia le vino repentinamente. Pensó: "¿Cuántas veces habré metido la pata por tener mis anteojeras mentales puestas y no actuar basándome en principios?".

Ignacio recordó que quería pedir consejo al maestro sobre su otro dilema en la empresa: informar o no a los empleados, con anticipación, sobre la reducción de personal. Ignacio le contó los detalles al maestro. Él lo escuchó atentamente, pero en vez de responder le hizo otra pregunta:

–Cuéntame, Ignacio, ¿ya sabes de qué planta es la semilla que te di?

–Es un girasol. He pensado que debe estar relacionada con orientar tus acciones o tu vida hacía la luz, hacía Dios.

–Correcto, pero antes de tus acciones vienen tus decisiones. El girasol nos recuerda que no interesa a qué circunstancias o problemas nos enfrentemos en la vida, o en qué momento del día nos encontremos, siempre debemos orientar nuestras decisiones hacía la luz, hacía Dios. Debemos buscar siempre que la luz ilumine nuestro camino. En todo dilema moral necesariamente se enfrentaran diversos valores; tendrás que decidir por aquel camino que se acerca más a la esen-cia de tu espíritu.

–Pero ¿cómo saber qué caminos se acercan más a mi espíritu?

El maestro se puso de pie muy lentamente, sin dejar de hablar. De pronto, ya que casi siempre lo veía sentado, a Ignacio le pareció que era más grande de lo previsto, aunque enseguida reparó en que su estatura era la de un hombre promedio. Pero su imagen, vista desde el cojín, envuelta en sus palabras, lo hacía parecer inmenso.

–No es fácil, pero puedes tomar en cuenta algunos criterios. Por ejemplo, identificar en un dilema cuál de las dos alternativas beneficia o ayuda al mayor número de personas o por lo menos minimiza su sufrimiento. Recuerda que todos

venimos de la misma fuente y todos en realidad somos uno. Buscar la felicidad del mayor número de personas está alineado con la espiritualidad. Otra forma de enfrentar el dilema es recordando las cualidades innatas del espíritu: paz, amor, ale-gría, compasión, entrega y bondad. Evalúa cuál camino para solucionar el dilema está más orientado hacía estas cualidades. Es frecuente encontrar enfrentados valores instrumentales, como eficiencia y rentabilidad, con los valores del espíritu. En estos casos no pierdas de vista que el verdadero objetivo en la vida es desarrollar tu espíritu y que los negocios no son el fin sino el medio. Finalmente, puedes usar la regla de oro: "No le hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran a ti". Esta ley nuevamente nos lleva al concepto espiritual de que todos somos uno. Por ejemplo, en el dilema que me has planteado, ¿cuáles son los valores en juego?

–En el caso de los despidos –contestó Ignacio–, quizás se enfrenten los valores de la rentabilidad y la eficiencia empresarial, para no comunicar anticipadamente la reducción de personal, con los valores de compasión, amor, respeto y lealtad hacía los empleados.

–¿Cuál camino, Ignacio, crees que beneficiaría a más personas o minimizaría el sufrimiento de un mayor número de personas? Y si estuvieras en el lugar de los afectados, ¿cómo te gustaría que te trataran? ¿Qué camino crees que está más ali-neado con las cualidades innatas del alma? ¿Qué camino representa el movimiento del girasol hacía la luz?

–Es evidente, maestro, pero nuevamente tengo que sacrificar la productividad de la empresa para actuar de forma ética.

El maestro volvió a sentarse sobre el cojín con las piernas cruzadas.

–Imagínate que estás viajando en una carretera y pasas sobre una piedra que golpea y avería el tanque de aceite de tu auto. Si no haces caso y continúas viajando a toda velocidad, estoy seguro de que avanzarás algunos kilómetros; pero luego fundirás el motor. Si te detienes y arreglas la fuga de aceite, el auto te responderá y te llevará lejos. La confianza en la empresa es como el aceite para el motor de un auto. Si no hay confianza sólo hay fricciones, conflictos y desgaste. Todo es más lento, más costoso y finalmente la organización termina paralizándose. Si comunicas a las personas con sólo una semana de anticipación que piensas despedirlas, en realidad estás comunicando otro mensaje más importante: estás diciendo a todos los que se quedan que no pueden confiar en ti. Que mañana les puede ocurrir lo mismo y que en cualquier momento pueden ser expectorados de tu organización. Les estás enseñando, con tus actos, que los valores en los que crees son la mentira, la ma-nipulación, la falta de respeto, la deslealtad y el egoísmo. Nuevamente estás concentrado en la pepita de oro, preocupado por los costos que ocasiona bajar la productividad por un periodo de cuatro meses, pero no te das cuenta del enorme costo que puede representar para tu empresa la falta de confianza. Mira todo lo que puedes perder. Imagínate que entras a una sala de reuniones que tiene un gran vidrio que la separa de otro ambiente. Si el vidrio fuese un espejo, tú no sabrías si alguien está al otro lado observándote. Si el vidrio fuera oscuro, lograrías, con un poco de dificultad, distinguir lo que ocurre en la otra habitación. Por lo menos podrías saber que algo está ocurriendo. Por último, si el vidrio fuera transparente, podrías ver todo lo que pasa en la otra habitación. La pregunta es: ¿cuál te da más confianza?

–Por supuesto que la habitación con el vidrio transparente –respondió Ignacio.

–Ignacio, un líder tiene que ser como un vidrio transparente y no esconder nada a su personal. Si tienes algún problema o dificultad, si tienes que tomar decisiones con consecuencias graves, debes compartirlas con ellos. Cuidar la confianza en tu organización es tu mayor activo. En conclusión, cuando te enfrentes a una decisión de negocios que te presente un dilema moral, primero entiende bien el problema y define cuáles son los valores enfrentados. Luego analiza las consecuencias positivas y negativas de tomar cada decisión. No te quedes en el corto plazo; piensa en los resultados a largo plazo. No te limites a analizar solamente los resultados económicos; piensa también en el mensaje verdadero que estarás comunicando con tus actos. Luego define cuál de las dos alternativas del dilema maximiza la felicidad o minimiza el sufrimiento de un mayor número de personas. Analiza qué alternativa está más alineada con las cualidades del alma, del amor y la compasión. Pregúntate: si estuvieras en el lugar del protagonista del problema, ¿cómo te gustaría que te trataran? Finalmente, pregúntale a tu espíritu y a tu intuición con cuál alternativa po-drás dormir mejor de noche o verte al espejo todos los días.

Ignacio sentía que debía aprovechar al máximo los enfoques del maestro, por eso no se conformaba con darle respuestas fáciles y prefería agotar sus argumentos para profundizar en el problema. Sabía que sólo una comprensión cabal podría llevarlo a evitar errores posteriores.

–¿Pero qué ocurre si aún con todo este análisis no me decido por una de las alternativas? –comenzó a preguntar.

El maestro le cortó la palabra, como si ya tuviera la respuesta en la punta de la lengua.

–Entonces aprende a salirte del dilema y encuentra con creatividad otras alternativas. Conviértelo en un trilema o un cuatrilema. Por ejemplo, en el caso del despido de personal, tú necesitas reducir costos y sólo tienes dos posibilidades: o le informas a las personas con anticipación sobre su despido, o les informas una semana antes. Pero ¿por qué encasillarte en ese dilema? ¿No has pensado en la posibilidad de hablar con las personas y ofrecerles una tercera opción?

Ignacio se asombraba del curso que iban tomando los razonamientos del maestro.

–Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No tengo alternativas.

–¿Por qué no planteas una reducción de sueldo a todo el personal, por un tiempo, sin despedir a nadie? Eso te haría ahorrar.

De pronto, Ignacio no acababa de comprender cómo él mismo, empresario de experiencia, hijo y nieto de empresarios, no llegaba a vislumbrar aquellas soluciones prácticas. Sin embargo, allí estaba aquel hombre de barba gris, piernas eternamente cruzadas y túnica naranja, que no sólo era capaz de encaminarlo por el mundo espiritual sino también de sugerirle salidas efectivas para encarar sus conflictos en la empresa.

–Maestro, usted habla corno si conociera muy bien el mundo de las organizaciones. ¿Cómo es posible?

El maestro casi nunca reía, pero esta vez esbozó una sonrisa frontal y descuidada, tan inocente como la de un niño. Mientras escuchaba la respuesta, Ignacio pensó que nada descubría tanto la limpieza del alma de un hombre como la cualidad de su sonrisa.

–Que esté en el mundo espiritual no significa que no haya tenido experiencias en otras áreas –dijo el maestro, para asombro de Ignacio–. Las empresas y las organizaciones están compuestas por personas, la esencia de las personas es el espí-ritu y esa es mi especialidad.

–Es cierto –continuó Ignacio, sin dejar de entrever que en las palabras del maestro había algo más–. La alternativa de reducción de sueldos es algo que no había pensado. La evaluaré.

El maestro prosiguió:

–Las primeras cuatro semillas que trabajamos nos han servido para ayudarte a sacar a flote tu esencia espiritual, para conectarte con tu alma y sentir su paz y felicidad. La semilla del girasol, de la toma de decisiones éticas, va un paso más allá. Pretende ayudarte a vivir la vida incorporando tu esencia en cada una de tus acciones. En otras palabras, primero nos hemos dedicado a limpiar tu foco de luz interna para que brille e ilumine. Ahora, la semilla del girasol nos permite llevar tu luz por todo tu camino en la vida, asegurando que el sendero esté iluminado.

El maestro se paró y se dirigió a una mesa en la que había una jarra de jugo de naranja, un colador y un vaso. Vertió el jugo de la jarra al vaso filtrando el contenido con el colador. Cogió el colador y le dijo a Ignacio:

–Observa todas las impurezas del jugo que quedaron en el colador. Ahora puedo disfrutar mejor el jugo.

El maestro dejó el vaso en la mesa y continuó:

–Ignacio, usa los valores de tú espíritu como este colador para las diferentes decisiones que debas tomar en tu vida. No dejes pasar ninguna decisión que no esté alineada con ellos. Disfruta la paz y la tranquilidad, y cosecha los frutos producidos por vivir éticamente.

El maestro sacó su cofre de semillas, le entregó a Ignacio una, siempre envuelta en papel periódico, y concluyó:

–Esta semilla tardará en prender y desarrollarse. Eso te dará un buen tiempo para que practiques todo lo aprendido. Medita todos los días y aplica todo lo que te he enseñado.

Cuando sepas cuál es la planta, regresa para discutir sobre su mensaje.

Mientras Ignacio manejaba hacía su casa, reflexionaba sobre sus conversaciones con el maestro. No se reconocía a sí mismo. Estaba tan sorprendido de estar reflexionando sobre ética y valores en el trabajo... Era él, pero se sentía como si to-do le estuviese pasando a otra persona. Todavía existía dentro de sí un lado racional que lo llevaba a dudar de todos estos asuntos. Se decía: "¿No me estaré sugestionando con esto? ¿No estaré perdiendo mi tiempo en todas estas tonteras?". Pero el otro lado de su conciencia –su intuición y su espíritu, que ya habían ganado bastante terreno– le decía que ese era el camino y que debía continuar.



Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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