El secreto de las siete semillas. V.3

Varios/Otros


Para Ignacio, estos dos meses habían sido muy especiales. Era la primera vez en su vida que trabajaba para algo que no le producía dinero. Es cierto que lo sentía como un reto y sabía que era para su bien. Estaba haciendo algo para servir a los demás y eso era totalmente nuevo. Estaba encantado. Preparaba la conferencia con mucho entusiasmo y sentido del propósito, pues estaba haciendo lo que realmente quería hacer.

Ya tenía fecha para su primera conferencia. Sería en dos días más, a las siete de la noche. Un amigo le había contratado el hotel para llevar a toda su gente, de modo que pudieran escuchar cómodamente. Lo único que le faltaba a Ignacio era practicarla. Tenía un fuerte deseo de dictarla; había trabajado muy duro pero a la vez tenía mucho miedo.

Ignacio se tomó dos días libres en el trabajo y estuvo pronunciando en voz alta su conferencia por lo menos quince veces. Quería aprenderla de memoria para no tener que leer.

A las siete de la noche, Ignacio ya estaba en el hotel. Se sentía muy bien preparado pero a la vez muy nervioso y con temor. Había meditado una hora antes de partir al hotel para estar totalmente en balance, pero la angustia lo ganaba. Todo el tiempo se concentraba en que hacía esto por servir y que le daría al público lo mejor que podía ofrecer de forma desinteresada. Este pensamiento le ayudaba a bajar la tensión, pero a los pocos minutos volvía a sentirse tenso. La gente de su oficina había llegado más temprano y había instalado el equipo de proyección para las imágenes de computadora. Todo estaba listo y funcionando. Había unas doscientas personas en el salón del hotel. Su amigo lo invitó a pasar a la mesa de honor, mientras que él ocupó el podio.

Mientras su amigo lo presentaba leyendo su currículum, Ignacio sentía la mirada amenazadora de todas las personas. Se sentía abochornado y las piernas le temblaban. El ritmo de su respiración había aumentado como si hubiese corrido una carrera de cien metros planos. Una gota de sudor le resbaló por el rabillo del ojo izquierdo. Hacía todo tipo de intentos para pensar en el servicio, pero no le resultaban. El hecho de que su antídoto mágico no funcionara lo ponía aún más nervioso. Dentro de él pensaba: "¿Qué diablos estoy haciendo acá? ¿Por qué me has fallado, maestro? Se supone que la estrategia de pensar en servir me quitaría el miedo, ¡pero no pasa nada!". Cada segundo que transcurría lo ponía más nervioso. Finalmente, llegó el peor momento. El amigo pronunció su sentencia de muerte: "... Y ahora los dejo con mi amigo Ignacio. Un aplauso, por favor". La audiencia le dio un fuerte aplauso. Esto lo angustió más todavía, pues lo ponía en mayor compromiso para hacer un buen papel.

Ignacio se paró y se dirigió al podio. Necesitaba algo que agarrar, para tener seguridad. El podio era ideal porque le servía de barrera, era como tener un sitio donde esconderse.

Una vez que estuvo en el podio, miró a la gente y sintió que todos estaban aburridos. No había empezado a hablar y ya se sentía perdedor. Sentía que la gente pensaba: "¿Qué vamos a aprender de este idiota? ¡Nos está haciendo perder nuestro, tiempo! '¡Este debe de ser un aburrido!" Cada cara que miraba confirmaba su intuición de que la gente no quería estar presente. Pensó: "Seguro que mi amigo los obligó a venir".

Le hizo una seña a la persona encargada, para que pasara la primera imagen. Necesitaba lograr que la gente dejara de mirado a él y mirara las ayudas visuales. Pero el muchacho que estaba en la computadora, sin darse cuenta, en vez de presionar la tecla para avanzar, apagó el computador. Ignacio vio cómo la imagen se desvanecía y se perdía su presentación. Toda la gente miró fijamente a Ignacio esperando que dijera algo, pero él no sabía qué decir. Su ritmo de respiración era tan alto que no podía hablar. Tenía dolor de estómago y todo su cuerpo temblaba. En ese momento quería asesinar al muchacho de la computadora. Si hubiese tenido una pistola lo mataba al instante, pero no con un disparo sino con cuarenta. Cuando estaba en el peor momento de los nervios, escuchó una voz que le decía: "Ignacio, tu respiración, concéntrate en tu respiración".

Inmediatamente recordó el mensaje del maestro respecto a concentrarse en la respiración cuando tuviese una crisis o un conflicto importante. Empezó a respirar profundamente llevando la energía de la respiración a un punto imaginario en el medio de su frente. Después de unos segundos empezó a calmarse. Redujo su ritmo respiratorio lo suficiente como para empezar la presentación. El asistente tenía nuevamente en pantalla la imagen deseada.

Ignacio empezó, aún nervioso, con voz entrecortada, pero poco a poco fue tomando confianza. Las personas se mostraban atentas e interesadas en lo que él decía y estos gestos le daban seguridad para continuar. Ignacio hizo un par de comentarios que hicieron reír y relajar al auditorio. Verlos relajados le dio más confianza y se soltó totalmente. Ignacio se entregó de lleno. Mientras dictaba su conferencia, pensaba todo el tiempo en dar lo mejor de sí de forma desinteresada.

Llegó el momento más difícil. Era cuando Ignacio había programado hacer meditar a los asistentes. Por un segundo pensó: "No lo hago, nadie se dará cuenta y no pasó nada". Pero luego pensó que si el verdadero cambio viene por la meditación, ¡cómo podía ser tan egoísta y no hacerlos meditar! Decidió hacerla. Primero sustentó las ventajas de la meditación con estudios de las principales universidades americanas. Esto persuadió al auditorio de que la meditación no era solamente para personas que estaban medio desnudas y en la India, y de que tenía probados beneficios. Puso una música suave y los hizo concentrarse en su respiración y apartar los pensamientos. Realizó el ejercicio durante cinco minutos. Al término de la experiencia, la gente estaba más tranquila y relajada. Se sentía una mejor vibración en el ambiente. Ignacio también meditaba mientras dirigía el ejercicio, tal como siempre lo había hecho su maestro. Era la primera vez que él lo hacía y la sensación era mucho más fuerte que cuando meditaba solo. Dirigir la meditación multiplicaba la sensación de bienestar, como si alguien lo estuviera premiando por hacer el bien, llenó su pecho de felicidad y amor. Se sentía relajado y feliz, llegó al cierre, contó una de las historias profundas del maestro y terminó.

Las personas lo aplaudieron con mucho entusiasmo. El aplauso no terminaba; duró más de treinta segundos. Mientras lo aplaudían, Ignacio no pudo evitar derramar algunas lágrimas. Estaba emocionado. Había logrado vencer sus miedos y entregado mucho amor. Se sentía muy feliz y realizado. Nunca se había sentido tan íntegro como persona ni visto con tanta claridad su verdadera misión en la vida. Quería ayudar a las personas del mundo empresarial a cambiar, a vivir la espiritualidad, a vivir con una actitud positiva. Ahora sabía que el maestro no estaba equivocado. Él sí tenía condiciones innatas para comunicar y debía usarlas ayudando a las personas.

Al terminar la conferencia, decenas de personas se le acercaron y le agradecieron con sinceridad. Cada abrazo, cada apretón de manos de agradecimiento, le llegaba directamente al corazón. Sólo entonces entendía el objetivo de la vida. "El servicio es para lo que venimos a este mundo", pensó. La felicidad que había sentido era tan grande que su vida jamás sería igual. Ahora sabía qué era lo verdaderamente importante.

Terminada la conferencia, su amigo se le acercó y le dijo:

–Ignacio, hombre, te felicito. No sabía que eras tan buen expositor.

–La verdad es que yo tampoco lo sabía –respondió Ignacio.

–No has mencionado a Dios en tu conferencia, pero está implícito en todo lo que has dicho. Yo pensaba que tú eras ateo. Dime, ¿crees en Dios?

Ignacio sintió el impulso de responder: "Obviamente, no". Ese siempre había sido su discurso anterior. Estaba acostumbrado a que el maestro hablara de Dios. Ya no le molestaba, pero que él creyera en Dios era otra cosa. Sin embargo, la meditación, preparar y dictar la conferencia le habían hecho sentir una felicidad que no era material. Era una sensación divina que lo acercaba a Dios. Nunca había usado la palabra Dios. Se sentía extraño al pronunciada. Pero ahora estaba seguro de que Dios existía. Lo sentía todos los días cuando meditaba. Ignacio respondió:

–La verdad es que no creía que creía en Dios. Pero ahora estoy seguro de que existe.

Alejandro Magno, para que su ejército luchara con fuerza y compromiso cuando invadían tierras cercanas, mandaba quemar todos los puentes para no poder regresar. Al saber que no podían escapar, entregaban todo de sí para ganar. Ignacio acababa de quemar todos sus puentes después de esta conferencia. Había revelado públicamente sus intereses, había afirmado públicamente que creía en Dios. Su vida estaba tomando un nuevo camino, y él era conductor y pasajero a la vez. Conductor porque él estaba allí por propia voluntad, pero pasajero porque había una parte de él que le costaba cambiar, que sentía que todo era nuevo y tenía mucha incertidumbre. Tuvo deseos de ir a buscar a su maestro y contarle sus éxitos en ese momento. Pero luego pensó que quizás era su ego que quería mostrarse exitoso. Decidió ir al día siguiente, con calma.

Cuando llegó a la casa del maestro, se sentó tranquilamente en su cojín habitual y se quedó en silencio.

–¿No me vas a contar cómo te fue? –le preguntó el maestro–. Hace más de dos meses que no te veo.

Ignacio lo miró con una sonrisa de gratitud.

–Usted sabe cómo me fue. Usted estuvo allí. Sabe que me salvó de la muerte cuando en la conferencia me hizo recordar lo de la respiración.

–Un buen maestro nunca abandona a sus discípulos –acotó el maestro.

–¿Cómo hizo para estar presente sin su cuerpo? –preguntó Ignacio.

–Ya te he dicho que eso no interesa. Lo único que te hago recordar es lo que tú mismo me has dicho: en el plano espiritual codos estamos conectados y somos uno solo. Si a ti te pasa algo, es como si me pasase a mí.

–Pero yo no puedo hacer eso. Medito todos los días pero no puedo hacer viajar mi conciencia fuera de mi cuerpo, como usted –respondió Ignacio.

–¿Y para qué quieres hacerla? ¿Para sentirte poderoso, mágico, el elegido, o para trabajar en un circo? Ignacio, olvida esas tonteras y sigue concentrado en la meditación. Cuéntame, ¿cómo te sientes ahora, después de la conferencia?

Ignacio tenía un reproche que hacer. Sintió que si no lo decía, reventaba.

–Antes de contarle nada, quiero decirle que me engañó. Su técnica para eliminar el miedo no sirve para nada. Casi me muero. Si no fuera por su consejo de que me concentrara en la respiración, me hubiese dado un infarto.

El maestro, una vez más, había esperado la observación de Ignacio.

–Ignacio, la técnica sí sirve y nunca dejes de usarla. Lo que pasa es que cada persona es diferente. En tu caso, hablar en público era más difícil que para otras personas. Recuerda que has tenido una niñez traumática, tuviste un padre que señalaba todos tus errores y que te maltrató. Al pararte frente al público, conviertes a cada asistente en un padre que te va a resondrar y castigar. Recuerda que para evitar que te gritaran y maltrataran, tratabas de pasar desapercibido. Bueno, cuando hablas en público haces exactamente lo contrario. Te conviertes en el protagonista que sale a la luz y siente mucho miedo de ser maltratado. No te conté del antídoto más importante para vencer el miedo, porque si te daba ese antídoto no hubieras hecho tu conferencia. Tú necesitabas una técnica para agarrarte de ella y tener seguridad, como si fuera un salvavidas. El antídoto más importante para vencer: el miedo es simplemente enfrentarlo y hacer la conferencia. En otras palabras, como en la historia del perro que te conté, llevarte cargado como el perro hasta la orilla y soltarte. Eso fue lo que te pasó. Después de eso el perro no tuvo ningún problema para tomar el agua.

Tú tampoco tendrás ningún problema para dictar nuevamente tu conferencia. Pero quiero hablarte de un tema más relacionado con el servicio.

El maestro hizo una pausa, esbozó el gesto de siempre mientras recogía los pliegues de su fina vestimenta, y cruzó las rodillas. Luego continuó:

–Un señor judío muy rico compró el mejor asiento en la primera fila de la sinagoga. El señor le dijo al rabino que donaba aquel sitio para que una persona que no pudiera pagar se sentara en un buen lugar; él se sentaría atrás. El hombre rico se ubicó en la parte posterior de la sinagoga, de tal forma que se hacía ver por todas las personas que pasaban a sentarse. Buscaba a toda costa ser reconocido por su generosidad. Finalmente el rabino le dijo: "Sería mejor que te sientes adelante pensando en que te gustaría sentarte atrás, en vez de que te sientes atrás pensando y demostrando con tus actitudes que te gustaría sentarte adelante". Ignacio, quiero que tengas cuidado con hacer servicio con el ego. No dejes que tu ego te manipule y te delate como al señor de la historia. Entrega, haz servicio, dicta conferencias pasando por encima de tu ego. El secreto es sentir amor y entrega verdadera en cada momento de tu servicio.

Ignacio ya había experimentado en carne propia aquel peligro.

–Entiendo lo que me dice, maestro. No es fácil cuando las personas se te acercan después de la conferencia a agradecerte. En realidad, si te descuidas el ego te engancha.

–Hay muchos, Ignacio, que hacen servicio como el hombre rico de la sinagoga. Lo hacen para destacar, para presentarse como personas generosas y caritativas. Pero en realidad buscan el reconocimiento, la aceptación y la admiración para inflar su ego. Cada vez que brindes conferencias recuerda que el verdadero motivo de tu presencia es ayudar a las personas a mejorar. A medida que seas más conocido y popular, te será cada vez más difícil evitar que el ego te manipule. A medida que logres más éxitos, requerirás meditar más, de tal forma que ese éxito no te haga sentir superior. Ahora, Ignacio, ya estás listo para la quinta semilla.

El maestro sacó su caja y le dio a Ignacio una semilla envuelta en papel periódico.

–Siémbrala. Cuando haya crecido regresa y conversaremos sobre el mensaje que contiene.

Ignacio llegó a su casa y se dirigió al jardín. Allí vio con nostalgia toda su evolución como persona. Vio el hueco de la planta que nunca creció porque fue la semilla golpeada por el martillo y recordó cómo fue descubriendo los martillos de su propio pasado. Luego vio la mimosa púdica, una flor bella que vive y se alimenta del silencio. Pensó en cómo el silencio lo había ayudado a él. Se sentía más tranquilo, más en paz, más feliz y sobre todo, aunque le parecía increíble, ahora creía en Dios. El rosal lucía precioso, se había multiplicado y tenía muchas rosas. Recordó tantos momentos en los que había sido esclavo del ego. Al hacerla pensó cómo toda su vida la había orientado a mostrarle al mundo que él era el mejor, el más capaz y el más competente empresario. Recordó con humor cómo el ego lo había hecho actuar y los problemas que le había causado. Empezó a reírse de sí mismo. Luego vio el pequeño árbol de mango que en un futuro daría sus frutos en servicio. Recordó la conferencia, la enorme felicidad que sintió cuando finalmente hizo algo por encima de sí mismo.

Ignacio se dio cuenta, después de mirar las plantas, de cada lección oculta detrás de las lecciones que le quería dar el maestro. El lento crecimiento de las plantas representaba el lento desarrollo que él experimentaba en cada uno de los ámbitos espirituales. Así como no se podía acelerar el crecimiento de una planta, tampoco se podía acelerar su aprendizaje. Debía tener paciencia y aceptar la evolución de cada etapa. Además, las plantas eran un libro viviente para él. Mirando cada una recordaba todas las enseñazas del maestro. Era como tenerlo cerca.

Emocionado, cavó el hueco en la tierra y sembró la siguiente semilla. ¿Qué nueva enseñanza aprendería? Pero se dijo internamente: "Paciencia, paciencia, Ignacio, eso es lo que has venido a aprender en esta vida".

Al día siguiente, como de costumbre, se levantó y comenzó a meditar. Había aumentado su tiempo de meditación a cuarenta y cinco minutos en las mañanas, pues sentía que era el margen adecuado para recargar sus baterías de paz. Cuando terminó, tomó un baño y partió hacía la oficina.

En la oficina tenía una reunión importante de planeamiento estratégico con todo su equipo. Ignacio quería terminar el plan estratégico con mucha anticipación para poder estudiar a fondo el presupuesto del año. Había trabajado todo el día con su equipo y todavía les faltaba mucho por avanzar. Ese día cumplía años Beatriz, la gerente de recursos humanos, y el personal le había preparado un agasajo con una torta, para las seis de la tarde. Cuando la secretaria de Ignacio lo llamó y le dijo que la gente estaba esperando afuera para empezar el agasajo, él pidió que esperaran un momentito, que ya saldrían, y siguió trabajando. Pero a las seis y media la secretaria volvió a interrumpirlo para preguntarle si se cancelaba el agasajo. Tenso, con una expresión de preocupación en su rostro, le dijo a su equipo:

–Tenemos que parar, caramba, y no hemos terminado, qué mal. La gente ha organizado un agasajo para Beatriz y ahora tenemos que salir todos.

Por sus gestos y su tono de voz se notaba que el agasajo le molestaba. No quería parar. Pensaba que esas actividades para cantar "feliz cumpleaños" a las personas eran una tontera; incluso detestaba que lo hicieran para él.

–Salimos un ratito y luego seguimos, ¿de acuerdo? –dijo Ignacio mortificado.

En el agasajo Ignacio estuvo apurado, mirando su reloj todo el tiempo. Quería cantar el "feliz cumpleaños" cuanto antes para regresar a trabajar. Se veía que no disfrutaba el evento. Al cabo de diez minutos, juntó a todo su equipo y les pidió regresar. Como un gesto especial de consideración le dijo a Beatriz que se quedara más tiempo para que continuara disfrutando. Beatriz se incorporó más tarde a la reunión, pero Ignacio notó que tenía una actitud negativa y una expresión amarga, pues no habló una sola palabra. A las ocho, cuando terminó su reunión y todos se marcharon, Ignacio buscó a Beatriz en su oficina y le preguntó:

–Beatriz, ¿qué te pasa? No has hablado una palabra, ¿hice algo que te molestó?

Beatriz permaneció muda. Se veía que algo le molestaba profundamente. Tenía la expresión de quien está conteniendo un aluvión emocional que no quiere dejar salir.

–Dime qué he hecho, por favor –insistió Ignacio.

–Quizás la pregunta debería ser qué no has hecho –respondió Beatriz.

Ignacio, fuera de sí, le retrucó:

–¡Puedes dejar de ser intrigante y decirme qué diablos te pasa!

Beatriz sintió que las cosas se estaban poniendo cada vez peor y decidió soltarlo todo.

–La verdad es que me he sentido maltratada. Hiciste esperar a toda la empresa media hora para el agasajo por mi cumpleaños. Sales de mala gana, apuras a todo el mundo, le mandas un mensaje a todos de que nada de esto te interesa, con tu cara de apurado en toda la reunión. A los diez minutos te llevas a las personas más importantes de esta empresa, porque no valgo lo suficiente para recibir más que diez minutos de su cariño.

Ignacio no creía que aquello estuviese ocurriendo.

–Disculpa, Beatriz. Lo que pasa es que para mí eso de los cumpleaños es una estupidez que no sirve para nada. Beatriz tenía la cara contraída de rabia y dolor.

–Por supuesto, lo único que importa es lo que es importante para tí, ¿no es cierto? Y lo único que te importa son las cosas que sirven y son prácticas. ¿No puedes dejar de ser tan egoísta? ¿No puedes pensar que quizás para mí los cumpleaños sí son importantes? ¿No te das cuenta de que trabajas con personas y no con máquinas? ¿No te das cuenta de que además de un cheque a fin de mes la gente necesita tu cariño, tu atención? ¿No te das cuenta de que el cariño lo muestras en los pequeños detalles, en una sonrisa a tu gente, en un agradecimiento o en una felicitación sincera por un cumpleaños?

Mientras Beatriz le hablaba, Ignacio recordaba las palabras del maestro sobre el servicio: "Ignacio, el servicio no es necesariamente ayudar a niños enfermos o ancianos, es tomar una actitud diferente hacía la vida. Es dejar de pensar todo el tiempo en ti mismo y pensar más en los demás escuchándolos, tomándolos en cuenta, siendo consciente de sus necesidades". De repente comenzó a darse cuenta de que con el incidente del cumpleaños estaba cayendo precisamente en el bache que debía evitar. Que no era capaz de hacer servicio en las pequeñas cosas y de tener en cuenta a los demás en los detalles de la vida cotidiana. Así era muy difícil que lograra hacer de su propia vida un acto de servicio.

Miró a Beatriz con cara de arrepentimiento.

–Tienes toda la razón. ¡Qué tonto he sido! No sé cómo no me di cuenta. Mil disculpas –le dijo, y luego agregó, como el niño travieso que quiere enmendar su error–: ¡El próximo año prometo ser yo el organizador de tu cumpleaños!

Beatriz no esperaba esta respuesta. Ignacio siempre le había hecho sentir ridícula burlándose de su debilidad emocional. Pero esta vez escuchaba a un Ignacio más humilde y sensible. Empezó a llorar... Ignacio la consoló durante unos minutos más y partió a la casa del maestro. Se sentía como un cangrejo. Avanzaba para atrás. Un día antes estaba orgulloso de su progreso, pero al día siguiente se sentía un fracasado debido a sus conductas. Si bien la semilla aún no había crecido, necesitaba ver al maestro y contarle lo mal que se sentía; pero sobre todo esperaba encontrar las causas más íntimas de su conducta para no caer más en lo mismo, pues si al cabo de tanta meditación continuaba equivocándose, no tenía ninguna certeza de que los errores no siguieran repitiéndose.

Esta vez ni siquiera se detuvo a contemplar el jardincito con su variedad de nuevas plantas. Le faltaba paz interior, pero era como un círculo vicioso: estaba agitado por su falta de paz, y esto justamente le impedía serenarse y ver las cosas con más claridad. Cuando estuvo en el cuarto del maestro, sin apenas saludarlo le describió el incidente del cumpleaños.

El maestro lo escuchó con el rostro inmutable. Luego impuso un eterno minuto de silencio. Sólo podían escucharse los sonidos de la respiración y los más mínimos deslizamientos de las manos sobre los pliegues de la vestimenta. Entonces comentó:

–Ignacio, cuando vuelas en un avión que está ascendiendo, ¿no te ha pasado que a veces el avión pasa por un vacío de aire y desciende algunos metros para de inmediato volver a subir?

–Sí, varias veces –respondió Ignacio.

–Lo mismo te ocurre a ti –continuó el maestro–. En tus vacíos de conciencia desciendes y sientes que te equivocas. Luego recobras el aire o la conciencia y sigues ascendiendo poco a poco. Ten paciencia. Al parecer, en la oficina vives con unos binoculares pegados a los ojos. Estás tan concentrado mirando tus objetivos y viendo la forma de acercarte a ellos que todavía te cuesta ver lo que ocurre a tu alrededor. Usa los binoculares, son necesarios para trazar tu dirección, pero aléjatelos de los ojos para disfrutar y amar a los seres que trabajan contigo. Recuerda que el servicio más importante que puedes hacer empieza por casa.

–Pero ¿cómo puedo hacer para no olvidarme, para estar más consciente de mirar a mi alrededor? ¿Cómo puedo hacer para dejar de estar tan centrado en mí mismo?

–Ignacio, tanto tus ojos corno tus oídos han estado cubiertos con una capa de cera. Sólo te veías y escuchabas a ti mismo en todas tus acciones. Ahora, a través de la meditación, el servicio desinteresado y el fuego de tu alma que aflora empezarán a derretir esta capa de cera y podrás escuchar más las necesidades de las personas que te rodean. Pero debes tener paciencia. A veces el camino más largo es el mejor porque es el más seguro. El fuego lento de tus progresos irá derritiendo la cera, y tú tienes que estar atento y paciente.

Ignacio se había serenado. Era increíble cómo, aquel hombre tenía una respuesta para todo, pero lo más asombroso era cómo tenía siempre en la boca las palabras más persuasivas.

–Cuéntame, ¿ya creció tu semilla? –preguntó el maestro.

–No; aún no, pero no pude esperar, necesitaba hablar con usted.

–Paciencia, Ignacio, regresa cuando sepas cuál es la planta que nace de tu semilla y cuál es su enseñanza.


Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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4 Comentarios de lectores

14/10/2014

Esta lectura me ha ayudado a encontrar algunas cosas muy importantes y fundamentales en mi vida, pero hace mucho tiempo espero la continuacion de la historia, es importante terminar el proceso. .....En verdad muchisimas gracias

Martha desde Canada

15/08/2014

a quien de nosotros no nos ha pasado esto, afortunadamente tenemos nuestro maestro interno que nos guia, y nos da las semillas que nos sirve de medido, para revisar si hemos plantado bien y estamos recogiendo los frutos esperados. Muchas gracias por estas bellezas de mensajes que nos ayudan en nuestro camino ascencional.

Carlos Arturo desde Colombia

14/08/2014

Verdaderamente, muy valioso y educador, gracias
por estas enseñanzas.

Eufemia desde Republica Dominicana

25/07/2014

Excelente gracias

luis miguel valderrama ochoa desde Colombia