El secreto de las siete semillas. III.2

Varios/Otros


–¿Mi respiración? –interrogó Ignacio con sorpresa.

–Sí. Cuando estás amenazado, con miedo y angustia, tu ritmo respiratorio aumenta. En cambio cuando estás descansado, relajado o a punto de dormir, tu ritmo respiratorio disminuye y las respiraciones son más prolongadas. Si aprendes a tomar conciencia de tu respiración y a mantenerla a un ritmo pausado, humedecerás los troncos y no explotarás. Además, la respiración te conecta con tu energía. Pues bien, la energía vital del ser humano está en este punto.

El maestro tocó la frente de Ignacio en un punto situado entre sus dos cejas.

–En este punto –continuó–, a unos centímetros de profundidad adentro del cráneo, en el hipotálamo, está tu esencia. Cuando te concentras visualizas tu respiración, ascendiendo a este punto, te comunicas con tu energía vital. Al hacerlo logras tener mayor paz y tranquilidad.

–¿Cómo quiere que mi respiración suba al hipotálamo, si se va a los pulmones? ¿Quiere que me lo imagine?

–No, quiero que lo sientas. Tu respiración física va a los pulmones. Lo que tienes que aprender a sentir es la respiración de energía. Con cada inhalación tú aspiras aire, pero también prana la energía que está en el ambiente. Es esta la energía que debes elevar hacía el hipotálamo. Esta técnica no requiere que cierres tus ojos, sólo que compartas tu atención en un cincuenta por ciento entre el tema que estás enfrentando o resolviendo, y el otro cincuenta por ciento en la respiración. En la oficina, cuándo tengas una reunión difícil o estés en medio de un conflicto, concéntrate de esta forma en la respiración y evitarás que explotes.

El maestro hizo una pausa, recogió el borde de su túnica con un gesto pausado y continuó:

–Hagamos una prueba. Deja tus ojos abiertos y concéntrate en tu respiración. Siente cómo la energía del aire entra por tu nariz y asciende hasta el hipotálamo. Siente el flujo de energía con cada inhalación. Deja todos los pensamientos de lado y sólo concéntrate en tu respiración.

Ignacio se iba relajando y calmando a medida que respiraba. Cuando inhalaba, el aire se iba poniendo más frío y su sensación de paz y tranquilidad aumentaba. Al comienzo le resultaba difícil sentir la energía subiendo al hipotálamo, pero luego se acostumbró. Le iba dando un poco de sueño, se sentía laxado.

–¿Qué es esto? –preguntó Ignacio una vez que hubo terminado el ejercicio de concentración–. Por poco y me quedo profundamente dormido. ¿Qué hay en el hipotálamo, una dosis de Valium?

El maestro sonrió comprensivo.

–Una persona que necesita pasar por un basural para llegar a su destino, se pone un pañuelo perfumado en la nariz; de lo contrario, tendrá que soportar los olores putrefactos. Pero si no utiliza el pañuelo durante algún tiempo, se acostumbrará a los malos olores. Lo mismo ocurre con los seres humanos. Vivimos en un mundo putrefacto de rabias, odios, conflictos, negatividad, violencia, angustia y estrés. Pero no nos damos cuenta, como nuestra nariz, de que nuestra mente ya se acostumbró a vivir en él. Cuando te concentras en tu respiración llegando al hipotálamo, accedes al pañuelo perfumado que todos llevamos dentro. Un pañuelo de paz, tranquilidad, calma y armonía que es nuestro espíritu, nuestra energía interior. Esta energía es la verdadera esencia del ser. Al comienzo te parecerá laxante y relajante, –pero luego aprenderás a disfrutar su paz y felicidad.

–¿Cómo quiere que practique la técnica en la oficina? Si tengo que concentrarme en la respiración, ¿cómo podré concentrarme en los negocios?

–Cuando estés solo en tu oficina, torna unos minutos cada dos horas para concentrarte en la respiración. Esto te dará la lucidez necesaria para no dejarte llevar por tus emociones. Luego, cuando estés en una reunión difícil o recibas una mala noticia, inmediatamente trata de ocupar un cincuenta por ciento de tu conciencia en tu respiración. Esto hará que tomes distancia de cualquier estímulo y no explotes con emociones negativas. Si estás al lado de una persona dispuesta a acuchillarte pero retrocedes dos pasos, el cuchillo no te tocará. Eso es lo que hace la técnica de la respiración; te da la distancia necesaria para que los cuchillos de la oficina, es decir las malas noticias, los conflictos y problemas, no te afecten.

El maestro se sacó un anillo y se lo entregó a Ignacio.

–Ignacio, este anillo tiene una mezcla de oro, plata y cobre. Al usarlo lograrás dos cosas. La primera, protegerte contra el efecto negativo de los astros; y la segunda, hacerte recordar que uses la técnica de la respiración en tu vida. La próxima vez que te sientas amenazado toca tu anillo e inmediatamente después concéntrate en tu respiración.

Todavía conversaron un rato más sobre las ventajas y técnicas de la concentración, e incluso Ignacio le confió sus preocupaciones por los conflictos de la empresa. El maestro lo escuchaba con paciencia y siempre tenía un consejo claro y preciso que ofrecerle.

Ignacio salió de la casa del maestro ilusionado. Sentía que había recibido un tesoro y que debía cuidarlo y resguardarlo. Ahora conocía unas técnicas mágicas que le permitirían estar más tranquilo. Pero además, si lograba dominarlas, le permitirían ser una persona superior a las demás, con capacidad de tomar mejores decisiones y con un alto dominio de sí misma. Era increíble que ningún empresario supiera del tema. Esto, sin duda, le daba a él una ventaja. No debía contárselo a nadie y debía practicar en secreto para que nadie sospechara.

Ignacio llegó a su casa y lo primero que hizo fue ir al jardín a observar su planta. Allí yacía la pequeña mimosa púdica. Ignacio se acercó, incrédulo, y con una dosis de travesura lanzó un fuerte grito. Las hojas inmediatamente se marchitaron y se contrajeron, como si adentro de ella tuviera un espíritu que quisiera mantener su paz y tranquilidad. La planta permaneció por unos minutos en ese estado, hasta que se aseguró de que no hubiese más ruidos molestos. Luego se expandió y mostró su belleza nuevamente. Las hojas se veían más hermosas que antes, como si el momento de introversión la hubiese cargado de energía. Lo que le dijo el maestro era verdad. La mimosa púdica era una muestra viviente de la importancia de encontrar un espacio interior sin el ruido ensordecedor de los pensamientos.

Un mes después de su última visita al maestro, Ignacio había encontrado su espacio para meditar sin que nadie se diera cuenta. Se encerraba en el baño en las mañanas y en las noches, y pasaba entre diez y quince minutos repitiendo la palabra 'paz'. Sólo había vuelto a sentir aquella sensación de paz un par de veces. Las otras veces, el resultado era una sensación de relajamiento que también le ayudaba a enfrentar el estrés del trabajo. En términos generales se sentía más tranquilo y equilibrado, aunque las cosas en la oficina no andaban mejor.

Ese día era muy importante para él. Al mediodía tenía la presentación de su empresa ante un cliente potencial muy importante, pues podía generar un aumento de sus ventas en más del quince por ciento. El cliente era muy exigente en cuanto a la calidad. Ignacio había preparado una presentación usando todo tipo de medios audiovisuales, como video y fotos en computadora. Una persona de la oficina iría temprano donde el cliente a instalar los equipos. Ignacio llegó temprano a su oficina, practicó su presentación, tuvo sus reuniones rutinarias y a las once y media se alistó para ir donde el cliente. Le preguntó a su secretaria si la persona encargada de los medios audiovisuales ya estaba en su lugar. La secretaria llamó al cliente para confirmarlo, pero el empleado todavía no había llegado. Ignacio lo hizo buscar por toda la oficina y finalmente lo encontró reparando el computador de un asistente.

–¡Oye, imbécil! –le gritó Ignacio angustiado–. ¿Qué haces acá? ¡Deberías estar donde el cliente!

–Disculpe, jefe, pero pensé que la reunión era más tarde –respondió el empleado con voz de resignación, dispuesto a ser torturado y despedido por Ignacio.

Ignacio quería matarlo. ¿Cómo podía haber personas tan irresponsables? Cuando se disponía a atacado verbalmente con toda su energía, se le vino a la mente el anillo que el maestro le había regalado y recordó sus palabras. Mientras tocaba el anillo, empezó a tomar conciencia de su respiración. La sintió ascendiendo hacía el hipotálamo por unos segundos, hizo una pausa mientras se concentraba en la respiración y todo volvió a la calma. Realmente esta respiración humedecía los troncos mentales y evitaba que se prendieran. Ignacio pensó: "¿Qué gano gritándole a esta persona? Además de darle la excusa de decir que soy un loco que no respeto a los demás, perderé un tiempo valiosísimo".

–Vamos, yo te llevo. Trata de instalar todo lo más pronto posible –le ordenó Ignacio en tono amable–. Y la próxima vez ten más cuidado.

El asistente, asustado, inmediatamente subió al carro con la computadora. Cuando estaban saliendo del parqueo, Ignacio le preguntó:

–¿Has traído el equipo de video?

–¡Huy! ¿También requería equipo de video?

En ese momento Ignacio sintió el impulso de cachetear al asistente, pero inmediatamente tomó conciencia de su respiración y este impulso se disipó.

–Corre y trae el equipo de video –le ordenó Ignacio.

Mientras esperaba, Ignacio estaba concentrado en su respiración y cada vez obtenía más calma. Por momentos le venían pensamientos de preocupación: podía llegar tarde a la cita; el cliente, que era obsesivo con la calidad, se podría molestar y entonces perdería la oportunidad de cerrar la venta. Pero nuevamente regresaba a la respiración y se calmaba.

Después de unos minutos, el asistente llegó agitado con el equipo de video y partieron. El asistente no podía creerlo. Esperaba estar en la calle sin trabajo y en cambio estaba viajando en el carro del jefe. Sabía que había metido la pata, pero su jefe lo había tratado con respeto.

Por otro lado, Ignacio, al lograr controlarse, se sentía muy bien, lleno de paz y tranquilidad. Llegó a tiempo a la cita e hizo una magnífica presentación. Se sentía muy seguro de sí mismo. Sabía que estaba en el camino correcto y eso le daba una sensación de tranquilidad. Esta sensación de felicidad interior le permitió irradiar mucha energía, convicción e integridad durante la presentación. Así, pudo persuadir al cliente de trabajar con él.

En la oficina se corrió la voz del incidente. Nadie entendía qué le pasaba al jefe, pero todos coincidían en que estaba cambiando. Era una mejor persona, más tolerante y comprensiva. Ignacio tenía ahora pruebas fehacientes de que las técnicas del maestro sí funcionaban, que tener pensamientos positivos y de paz también era útil para su negocio. Como un niño al que en el nido le han dado una estrellita de logro, no podía esperar más para contarle la hazaña a su maestro. Después de la reunión con el cliente, partió a la casa del maestro.

Una vez que estuvo sentado en su cojín habitual, Ignacio le contó el incidente. Le contó, además, que había ganado la cuenta del cliente gracias a su buena energía.

El maestro le entregó a Ignacio un balde lleno de arena blanca, pero mezclada con pequeñas partículas negras. Luego le dio un imán de mediano tamaño, y le dijo:

–Introduce el imán en el balde de arena.

Ignacio ejecutó su tarea. El maestro comenzó a explicar:

–Mira, así como el imán atrajo las partículas negras de hierro, tu mente, si está cargada de negatividad, atraerá las consecuencias negativas en el balde de la vida. Como resultado, te llenarás de problemas y dificultades. En cambio, si tu imán mental está en paz, en armonía, con sentimientos y pensamientos positivos, en la vida atraerás lo bueno. Eso fue lo que te pasó hoy. Al no estallar con tu subordinado, al mantener tu paz y tranquilidad, tu mente fue un imán de lo bueno y lo positivo. Otra forma de visualizar esta idea es pensar que todos somos estaciones transmisoras de radio y que a la vez todos tenemos un radio receptor. La música que transmitimos en nuestra estación es nuestra energía. Cuando estamos en paz y armonía, transmitimos una melodía maravillosa. Esta es recibida por los receptores mentales de las personas sin que sean conscientes, pero si la detectan generan una buena actitud hacía nosotros. Sienten la buena vibración. Es como cuando estás buscando una estación de radio, encuentras una canción melodiosa que te gusta y te detienes con placer a escucharla. Cuando estamos cargados de energía negativa, transmitimos ruidos estridentes que espantan y alejan a la mayoría de las personas, salvo a aquellas que están acostumbradas a estos ruidos o niveles de energía negativa.

–Pero ¡qué difícil es mantenerse en paz en la oficina! –observó Ignacio–. Hoy tuve suerte, pero no sé si mañana podré mantener mi tranquilidad. Lo que ocurre es que el trabajo es una constante guerra con la competencia, con los bancos, con las ineficiencias del personal, con las exigentes demandas de los clientes... Todo se confabula, te tensa y te hace vivir en miedo y angustia. Necesito llevar mi empresa a mayores niveles de ventas y utilidades para poder vivir en paz y pagar mis deudas. No puedo descansar hasta que lo logre.

–Lo que ocurre, Ignacio, es que no tienes claro cuál es el verdadero objetivo de los negocios.

De pronto a Ignacio le pareció un atrevimiento que el maestro, aquel hombre paciente de barba gris y túnica naranja, se pusiera a hablar de negocios. Podría saber mucho de cuestiones espirituales, pero opinar sobre cómo se lleva una empresa era otra cosa.

–¿Cómo que no? –lo interrumpió Ignacio–. Trabajo doce horas diarias desde hace más de veinte años. El objetivo de los negocios es darle un retorno apropiado a sus inversionistas, a través de estrategias que permitan a la empresa mantener una posición competitiva sostenible en el tiempo.

–¿Cuál crees que es el objetivo de un tren?

–Llevar a sus pasajeros a su destino lo más rápido posible –respondió Ignacio sin dudar.

–Típica respuesta de un ejecutivo apurado –dijo ei maestro–. Pero ¿por qué no puede ser llevar lentamente en su recorrido a turistas que quieren conocer y disfrutar el paisaje?

–Me imagino que también es un objetivo válido. Entonces, el objetivo depende del tipo de persona.

–Correcto –asintió el maestro–. La mayoría de ejecutivos como tú piensan que el tren de la empresa tiene como objetivo crecer, llegar a sus metas lo más pronto posible. Se desesperan por hacer que ese tren viaje más rápido. Ignacio, somos turistas en este mundo, sólo vivimos unos ochenta o noventa años y luego nos vamos. El tren de la empresa es una oportunidad para desarrollarnos y crecer como personas. El verdadero objetivo de la empresa es ofrecer un entorno que te permita, tanto a ti como a tu personal, realizarse, crecer, aprender, desarrollarse. La rentabilidad y el dinero son un medio y no el fin en sí mismo. El dinero es el petróleo que le permite al tren seguir andando. No hemos venido a esta vida a lograr metas, Ignacio, o en el caso del tren, a alcanzar ciudades. Hemos venido a aprender y crecer como espíritus durante el viaje. Hemos venido para recordar que nuestra verdadera esencia es de paz y tranquilidad. Bajo esta perspectiva, si hay dificultades en el viaje, o si el tren tiene problemas mecánicos y se detiene, los pasajeros no se molestan. Por el contrario, aprovechan la oportunidad para bajar del tren, conocer y aprender más. Esa misma actitud es la que debes mantener en la empresa. Aprovecha cada dificultad, cada crisis, los problemas con la competencia y con los bancos, las relaciones interpersonales, para hacerte una mejor persona, para aprender a no explotar, a servir y ayudar, a enseñar y entregar lo mejor de ti.

El maestro se quedó unos minutos en silencio observando a Ignacio. Luego continuó:

–Cuando un hombre de negocios, como tú, le preguntó a un rabino por qué vivía tan humildemente, él le respondió con una pregunta: "Dígame, usted cuando se va de viaje ¿dónde se hospeda?". El hombre respondió: "Me quedo en pequeñas posadas". "¿Y cómo son los cuartos en esas posadas?", preguntó el rabino. El hombre respondió: "Humildes". Entonces el rabino le preguntó: "¿Por qué se queda en habitaciones humildes?". El hombre respondió: "Porque sólo estoy de paso". El rabino tomó la palabra y le dijo: "Buen hombre, yo también estoy, de paso por esta vida, por eso no pierdo mi tiempo entreteniéndome con cosas materiales y prefiero vivir humildemente". Ignacio, en esta vida somos sólo pasajeros de paso. Cuando dejes tu cuerpo y mueras en este plano, no te llevarás tus metas, tus logros, tus bienes materiales o tu empresa. Lo único que te llevarás será tu espíritu. Ahora depende de ti hacía dónde enfocas tu vida: a acumular estas cosas materiales o a desarrollar tu espíritu. La empresa es un excelente entorno para hacer crecer tu espíritu. Tú puedes aprender a navegar un velero en un mar sin olas y estoy seguro de que lo dominarás fácilmente. Pero donde realmente adquieres la destreza de la navegación es en un mar con vientos fuertes y grandes olas. La empresa es este mar movido, lleno de olas de cambios, crisis y problemas. Allí tienes la oportunidad de oro de aprender y desarrollar tu espíritu.

Ignacio volvió a pensar en aquella imagen recurrente del surfista que intenta avanzar contra las olas, y por más que se esfuerza le falta destreza y calma para lograrlo.

–Tiene sentido, es lógico –respondió Ignacio–. Pero estoy seguro de que salgo por esta puerta y me lo olvido. Son muchos años pensando y actuando de una forma diferente.

–Estoy de acuerdo contigo –afirmó el maestro–. Cuando yo te explico estos conceptos de forma racional, es como si pusiese un poquito de agua en tu lago de conocimientos. Pero rápidamente el agua se evapora con el calor de las preocupaciones y obligaciones, y el lago nuevamente queda seco. No obstante, por debajo corre un río subterráneo lleno de agua de sabiduría que debes extraer. ¿Cómo? Meditando todos los días. Meditar te pone en contacto con ese río de sabiduría, saca el agua a la superficie y llena tu lago. Tu energía, tu espíritu, sabe todo lo que te estoy enseñando. Tú ya tienes toda la sabiduría dentro de ti. Meditar la va sacando poquito a poquito. La hace aflorar y te da un conocimiento intuitivo de todo lo que te estoy enseñando. Llegará el momento en que no necesites de mí y mi labor habrá terminado.

–Todavía me falta mucho –dijo Ignacio.

–Sigue meditando, practicando tú respiración y recuerda todo el tiempo el verdadero objetivo de los negocios. Aprovecha cada circunstancia para crecer.

Ignacio salió de la casa del maestro totalmente confundido. Sentía que toda su vida había estado corriendo en una competencia, tratando de alcanzar una meta sin darse cuenta de que la verdadera meta era desarrollarse y crecer durante la carrera. En el fondo sabía que las palabras del maestro tenían sentido, pero era un cambio radical en su percepción de la vida. ¿Cómo podía ser que todo el mundo estuviera equivocado? Todos los empresarios y ejecutivos pensaban como él. ¿Cómo era que nadie se había dado cuenta aún? ¿Es que todos están ciegos o engañados por el sistema? Ignacio reflexionaba acerca de cómo toda la sociedad se orienta a la acumulación de bienes materiales y a buscar la felicidad en el logro de metas concretas; cómo la publicidad juega un papel importante al reforzar la idea de que comprando productos las personas serán mejores y más felices. "Quizás la humanidad en su conjunto se ha desviado de su verdadero camino y no se ha dado cuenta", pensó. Algo le quedaba claro: la única forma de descubrirlo era meditando. Como le dijo el maestro, la meditación haría aflorar un conocimiento oculto que él ya tenía en su interior.



Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

6141 lecturas

1 Comentario de lectores

13/06/2014

Gracias de todo corazón, por lo que dan a la humanidad.

Jorge Iván Tocto desde Ecuador