El misterioso Yo Superior. III

Varios/Otros


Algunos expresarán desdén ante esta filosofía egocéntrica. Responderé entonces, no con mis propias palabras, sino con la inspirada frase del visionario alemán Eckhardt: Dios está en el centro del hombre.

¿Blasfemamos a Dios al desafiar de este modo al yo? Sólo una mente superficial puede acusarnos de tal cosa. Porque la verdadera alma del hombre es la Divinidad; no puede haber blasfemia en tal actitud.

Casi hemos olvidado la existencia del yo espiritual, aunque el yo, en su larga vigilia, jamás nos olvidará.

¿Por qué el hombre se ha visto poseído de la ansiedad religiosa? Porque nos amamos a nosotros mismos; porque inconscientemente ansiamos unirnos con nuestro verdadero yo.

La raza humana tiene una edad que desafía la imaginación. Incontables figuras de hombres, mujeres y niños han aparecido sobre este planeta en eones de tiempo y, después de haber desempeñado su papel, al parecer se han hundí en el sueño eterno. Los intelectos más agudos de nuestro tiempo buscan afanosamente los materiales dejados por razas del ayer, los vestigios de antiguas civilizaciones y los secretos de un pasado desaparecido; pero el visionario puede sonreír ante los esfuerzos admirables y patéticos de reconstrucción intelectual de un pasado infinitamente extendido. Están ahí las pintorescas palabras de Sulpicio a Cicerón:

“Todas las cosas son precipitadas por el implacable decreto de un inmutable Destino en las fauces abiertas del olvido eterno.”

Si seguimos a los videntes y dejamos de lado a los eones, si espiamos en las zonas más oscuras de la prehistoria, llegaremos a un período en el cual el hombre dejó de lado su cuerpo de carne y habitó una forma electromagnética, un radiante cuerpo de éter. Todavía más atrás hubo un cambio en su naturaleza interna, y el hombre dejó de lado todas las pasiones y emociones personales, todos sus sentimientos y deseos, como el miedo, el enojo, el odio, la lujuria y demás. Pero los pensamientos actuaban todavía en su conciencia, surgían como olas en la superficie de su mente y se conectaban con su vida personal. Y podemos retroceder hasta un tiempo en el cual hasta el pensamiento desaparece, y en el que la necesidad de pensar en forma lógica para entenderse no existía. El hombre no sólo no necesitaba la facultad razonadora, sino que ésta se había convertido en un estorbo. Porque el hombre había alcanzado la desnuda condición del “zoísmo” puro.

Toda cuestión puede explicarse acaso mejor diciendo que la raza humana, en el curso de su larga historia, ha superpuesto un segundo yo a la naturaleza individual con la que cada hombre comienza su vida. Este segundo yo es llamado generalmente la personalidad y ha llegado a ser mediante una unión del espíritu y la materia, por medio de una mezclada de partículas de conciencia sacadas del verdadero yo, siempre consciente, con partículas de materia inconsciente, de la cual está formado el cuerpo. Este segundo yo posterior, es el que conocemos cada uno de nosotros, el yo personal; pero el yo primero y verdadero, que existía antes de que el pensamiento y el deseo aparecieran en el hombre, es conocido por muy pocos, es muy sutil y no es aparente, porque nos hace participar a todos de la naturaleza de lo divino. Vive eternamente, se cierne sobre nuestras cabezas, es un atributo angélico de grandeza inimaginable y de misteriosa sublimidad y, por consiguiente, yo lo llamo el Yo Superior.

Detrás del hombre que vemos vive otro hombre a quien no vemos. Detrás de este cuerpo de carne hay una conciencia resplandeciente y sublime.

La doctrina del verdadero yo en el hombre es hermosamente expresada por uno de los antiguos videntes de la India:

“Viendo pero sin ser visto; oyendo sin ser oído; percibiendo sin ser percibido; conociendo sin ser conocido... Éste es tu Yo, el soberano interior, el inmortal.”

El materialista nunca se cansa de decirnos cuan necio es el pálido visionario que trata de apresar las nubes: y el Yo Superior, que también habita en el corazón del burlón, sonríe tolerante ante esta lógica tontería.

Vivimos nuestra verdadera vida en la profundidad de nuestros corazones y no en la máscara superficial que enseñamos al mundo. El habitante vivo es más importante que la casa de piedra.

Paúl Whitman, ese poeta neoyorkino vigoroso y entusiasta, vio la verdad a su manera, un poco confusa, y la expresó de este modo en “Hojas de Hierba”:

Juro que empiezo a ver el significado de estas cosas.

No es la tierra, no es América, con ser tan grande,

Soy yo el grande, o seré grande...

Debajo de todo, los individuos.

Juro que nada que ignora al individuo es bueno para mí...

Toda la teoría del universo va directamente hacia un individuo. .. hacia tí.

Y del poema del mismo Whitman, “Para Ti”:

¡Oh, podría cantar tantas grandezas y glorias sobre tí!

No sabes quién eres; has dormido sobre ti, toda la vida.

No son tú las mofas;

Debajo de ellas, dentro de ellas, te veo acechar.

Quienquiera seas, clama por tí mismo.

Hay momentos memorables en nuestras vidas cuando recibimos señales del Yo Superior de que es posible para el hombre una existencia más elevada. En tales momentos la cara de la vida no está cerrada y penetran en ella los débiles rayos del alba. Sabemos entonces que los sueños del alma pueden realizarse, que el Amor, la Verdad y la Felicidad nos pertenecen por derecho, ¡ay!, la hora breve pasa y con ella nuestra fe. ¿No pueden servirnos de nada esos brillantes vislumbres de una existencia divina? Dejémoslos que permanezcan como “columnas de nubes durante el día, columnas de fuego durante la noche”, para guiarnos en la desolación de los tiempos modernos.

Esas débiles e impalpables intuiciones que llegan al hombre en sus mejores momentos son vagos balbuceos del gran Yo dentro de sí mismo. El llamado espiritual trata eternamente de hacerse oír en el corazón del hombre, pero nosotros no escuchamos. Los impulsos espirituales que surgen en el corazón de los mejores hombres son la mejor prueba de las elevadas posibilidades de la raza.

¿El hombre, tal como es realmente, y como ha sido eternamente y lo seguirá siendo, es un ser espiritual. La vida en el cuerpo físico no niega la verdad de esta afirmación. Los sentidos materiales mantienen al hombre bajo una sugestión hipnótica y, como son muy reales, a su manera hacen que el hombre los confunda con su verdadero yo. El cielo nos rodea, no sólo en los inocentes días de la infancia, sino en todo momento de la existencia, aunque no lo sepamos. Algunos pocos están cerca de esta verdad e inconscientemente esperan el momento milagroso del reconocimiento. Basta que se les hable de ello con el tono apropiado para que la esperanza ilumine sus almas. Esa esperanza es la voz silenciosa del Yo Superior.

Resulta un tanto irónico que el mismo yo del hombre —su verdadera naturaleza— se haya convertido en un secreto en nuestros días.

El hombre recorre solo los polvorientos caminos de la vida como aquel buscador antiguo que pasó años vagando en tierras extrañas, en busca de un tesoro raro del que había oído hablar, mientras que, en todo ese tiempo, era buscado como el heredero de una gran fortuna. Escondida entre los pliegues de nuestra propia naturaleza existe una joya rara, aunque lo ignoremos. Nadie se ha atrevido a ponerle precio, y a nadie se le ocurrirá hacerlo nunca, porque su valor está por encima de todas las cosas conocidas.

Debemos tratar, entonces, de buscar al Yo Superior, recorrer toda la gama de nuestros movimientos íntimos, tanto como podamos. Veremos entonces que el cuerpo y el intelecto no son todo nuestro ser, sino que el Yo Superior es testigo de ambos, es la fuente de completa paz, de inteligencia perfecta y de absoluta inmortalidad.

Nosotros, los de este siglo práctico, tenemos poca confianza en las proposiciones abstractas. Siempre desconfiamos de los pensamientos que nos alejan del mundo concreto. Desconfiamos y negamos los sistemas teóricos que parecen sostenerse en el aire.

Se me preguntará:



—¿Posee usted algún método práctico para llegar al conocimiento de ese yo al que elogia tanto? ¿O es la suya una doctrina especulativa que podrá servir de ornamento a la fachada de la metafísica, pero que no tiene utilidad para los hombres que trabajan, viven, aman y sufren? ¿No será acaso una fantasía onírica, incapaz de enfrentar las torvas realidades de la vida ciudadana moderna?

Y de este modo, sin agregar más, expondré al lector un método de investigación que, si desea, puede seguir, y el cual llevado a un buen éxito, podrá responder convincentemente a las inquietantes preguntas que una vez me preocuparon y pueden preocuparle a él ahora.



Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

5320 lecturas

Comentario de lectores

Ninguno para este artículo