El misterioso Yo Superior. II

Varios/Otros


A través de las tradiciones verbales que provienen de nuestros más remotos antepasados, a través de toda la literatura del mundo, tan antigua como los rudos manuscritos de los pueblos orientales y presentes también en los últimos productos de la prensa diaria, ha habido siempre una extraña y persistente alusión a otro yo dentro del hombre. No importa qué nombre se haya dado a este misterioso ser, alma o aliento, espíritu o fantasma. Por cierto, no existe otra doctrina en el mundo que posea tan remotamente un ancestro intelectual como este. Todos saben que existe un límite fijo dentro del cual puede funcionar la conciencia humana. No todos saben que siempre si ha habido algunos hombres intrépidos quienes para sí mismos han realizado el papel del Rey Canuto... ordenando a las turbulentas aguas del pensamiento retroceder hasta que la conciencia cruza el límite normal y se encuentra en los mundos libres del espíritu.

Las declaraciones de las experiencias realizadas por los videntes espirituales a través de los tiempos deben ser encaradas. O son charlatanerías de lunáticos irresponsables, o las suyas son palabras de tal importancia como para hacer vacilar las actuales bases materialistas de nuestra vida.

No creo que nos ayude mucho el tratar de averiguar el origen de esta doctrina, porque la verdad puede surgir en una multitud de cerebros en todo el mundo, y la inspiración común es la misteriosa Fuente donde nace todo pensamiento. A veces podemos aprender lecciones más verdaderas estudiando la naturaleza que estudiando los libros. Un hombre contempló una vez a un gusano taladrando un agujero en un trozo de madera. Esta simple observación le enseñó el principio de los túneles. Hoy día, gracias a la intuición de ese hombre, los trenes corren bajo los ríos y atraviesan montañas de sólidas rocas... Fue así que los primeros videntes atentos a los vagabundeos del pensamiento dentro de su propias mentes, descubrieron que algo entraba en acción el pensamiento se detenía momentáneamente. Ese “algo” fue la primera y débil insinuación del alma. Así nació la ciencia del descubrimiento del alma y los antiguos empezaron a enseñar a los hombres cómo se podía conocer la verdad acerca de ellos mismos.

En casi todas las civilizaciones precristianas se comunicó este conocimiento de diferentes modos, en Sumeria, Babilonia, Caldea, China, Persia, India, México, entre los indios norteamericanos, los mayas centroamericanos y los desventurados aztecas e incas; aparece también en la fraternidad esenia entre los judíos y entre los agnósticos de las ciudades orientales del Mediterráneo.

Entre las majestuosas ruinas que esbozan el rostro de la Grecia de nuestros días se levanta un amplio edificio sin techo, de ruinosas paredes y columnas rotas. Es todo lo que queda del lugar donde una vez se celebraron los festivales de los Misterios Eleusinos, con pompa y reverencia, bajo la égida de Atenas. Muy pocos entienden hoy lo que sucedía detrás de las paredes de ese santuario. La iniciación en estos misterios era considerada asunto de gran importancia para los antiguos, aunque nosotros los modernos apenas intuimos su significado. Hombres como Alejandro de Macedonia y Julio César no vacilaron en someterse a esta experiencia sublime e inolvidable, y de ella salieron fortalecidos, dispuestos a cumplir con más conciencia el papel que el destino les había señalado; tal fue la grandeza del conocimiento que llegó a ellos detrás de puertas bien cerradas y guardadas.

Cuando las epifanías de los Misterios Griegos concluían, las ultimas palabras oídas por el iniciado eran: La Paz sea contigo. Y eran escritas por los mismos iniciados, quienes, apenas volvían a su camino por la vida lo hacían con el alma calmada y la mente serena. La iniciación no era nada más, realmente, que entrar en conciencia de lo que era el candidato en sí mismo. Completaba la formación del hombre y todos los que no hubieran pasado por la iniciación eran sólo hombres a medias. Algunos fragmentos de lo que se enseñaba en esos viejos templos están en estos textos, pero he procurado formular esas viejas verdades en un lenguaje que pueda atraer al hombre actual y desde el punto de vista de la vida práctica. La clave de todo el problema de esta antigua institución de los Misterios fue dada por Plutarco cuando dijo: “En el momento de la muerte el alma pasa por las mismas impresiones que las experimentadas por los que se inician en los grandes Misterios.”

Los eruditos no han podido llegar a una conclusión definitiva sobre el verdadero propósito de la Gran Pirámide, esa enorme construcción cuyo interior refleja la quietud eterna de los desiertos de Egipto. Como en los últimos tiempos, los ritos funerarios de los faraones se celebraban allí, los historiadores llegaron a la conclusión natural, aunque errónea, de que esta construcción maravillosa había sido planeada para ser una tumba gigantesca.

Su verdadero propósito era infinitamente más elevado. Aquí venían los candidatos a la experiencia mística llamada iniciación, experiencia por la cual podían obtener alivio temporario de la carga del cuerpo y sus limitaciones, y entrar en contacto con ese otro-yo que está dentro del hombre, entre otras cosas. Esta experiencia se cumplía con ayuda de una agencia externa, por medio de los poderosos poderes de los sumos sacerdotes de ese tiempo.

Yendo al Museo Británico se podrá ver una gigantesca figura de piedra, llevada allí hace muchos años por un navío procedente de la Isla Oriental, en la costa de Sud África. Si se examina el reverso de esta efigie se encontrará claramente marcada una cruz. Es idéntica a la Cruz de la Vida, o Cruz Ansata, que aparece frecuentemente en las antiguas imágenes egipcias como llevada en manos de las deidades, y a que frecuentemente se refieren como a la llave de los misterios. Esta no es una mera coincidencia, sino un hecho significativo que demuestra que la iniciación a los Misterios no era desconocida a través del Atlántico.

Existe en la América Central una estructura curiosamente similar aunque interiormente difiera a la pirámide egipcia, que se empleó también para la realización de ceremonias místico-religiosas. Los misteriosos acontecimientos que tuvieron lugar en una se repitieron en la otra, y lo que ocurría en Templo Griego Eleusiano no era muy diferente en resultado a lo que ocurría en los otros dos puntos. Había grados distintos de iniciación, pero los candidatos que lograban pasar el primer grado tenían temporalmente un nuevo mundo abierto ante ellos, y regresaban al mundo como hombres y mujeres transformados, porque temporalmente habían tocado su yo oculto.

Si tal experiencia fue posible en el siglo XX antes de Cristo, es posible también que pueda ocurrir en el siglo XX después de Cristo. La naturaleza fundamental del hombre no ha cambiado durante el intervalo. Es cierto, sin embargo, que se llegaba más fácilmente a la experiencia en aquellos lejanos días, porque la vida era entonces más tranquila y menos complicada.

¿No será este secreto yo nada más que la loca fantasía o la vaga quimera de unos cuantos hombres famosos acerca de los cuales nos hablan el tiempo y la historia? ¿No tiene esta larga cadena de tradición espiritual otros eslabones de una substancia más fuerte que la superstición? Y sin embargo estos enigmas que nos intrigan también intrigaron a Babilonia, para citar el ejemplo de una temprana civilización. Si hubo en aquella época hombres sabios que llegaron a una solución que estaba esencialmente de acuerdo con la solución dada por los sabios de la India, china, Egipto, Grecia y Roma, vale la pena investigar esta solución. El resultado de tal investigación servirá para acentuar nuestra posición presente y debilitar la posición de ellos, o para debilitar nuestras creencias actuales preferidas y confirmar las doctrinas de los antiguos. Y la única clase de investigación que puede sernos de utilidad en esta indagación es una de naturaleza práctica.

Me he tomado el trabajo de realizar tal investigación, aunque no sin dificultades y, como consecuencia, me he visto forzado a reconocer que la sabiduría de los antiguos no es una cosa totalmente fantástica. He descubierto en verdad que sus doctrinas, en lugar de pertenecer a la moneda falsa de los soñadores, contienen muchas cosas que nosotros, los que vivimos y trabajamos en el ruidoso mundo, debemos reconocer.

La mente moderna no se preocupa por recurrir a los famosos pensadores de la antigüedad para resolver sus problemas. Es por ello que pierde mucho. Es posible que las meditaciones de esos antiguos sabios puedan dar muchos frutos a los estudiantes modernos. Podemos intentar cortar todo vínculo con las grandes filosofías del pasado, pero, como están basadas en los principios eternos en los que se basa todo pensamiento verdadero, nos vemos obligados a volver a ellas. La filosofía pierde su poder cuando los demasiado intelectualizados la reducen a meras discusiones; volverá al lugar que le corresponde cuando las almas sofisticadas de hoy despierten a la necesidad de una visión más esclarecida que la presente y confusa enseñanza puede ofrecer.

En el hombre hay algo más de lo que se registra aparentemente en ordinarias impresiones. Los descubrimientos de la psicología anormal nos hacen extrañas insinuaciones, confirmadas por los interminables relatos de la experiencia mística. ¿Qué es esa supremacía en el hombre que le permite concebir bellos ideales y alentar grandes pensamientos? ¿Qué presencia espiritual dentro del corazón lo hace apartarse de la existencia meramente terrena y crea una lucha constante entre el ángel y la bestia que habitan en nuestro cuerpo?

Cuando a los hombres modernos se nos dice que Dios es una mera palabra sobre la que se puede discutir y argumentar un estado de conciencia que podemos advertir aquí y hora en la carne, enarcamos las cejas; cuando algún vidente espiritual nos dice pausadamente que entre nosotros viven hombres que conocen a Dios, nos llevamos un dedo a la sien, significativamente. Finalmente, cuando se nos asegura que llevamos lo divino dentro de nuestros pechos, y que la que divinidad constituye nuestro ser verdadero, nos estiramos y sonreímos con petulancia.

Sin embargo, esto no es una teoría ni es un sentimiento; es un hecho claro y patente para las personas que conocen algo de la percepción espiritual.

Delante de la Esfinge en calma de una enseñanza verdaderamente espiritual, el occidental la contempla sin sentir emoción. Puede construir las máquinas más admirables; puede armar barcos de enormes estructuras; puede transformar nuestros hogares con las maravillas de la electricidad, de la radio, de la electrónica aplicada. Lo que no puede hacer es simple: no puede percibir ni entender el sentido de la vida. La verdad es que las calamidades han caído sobre nosotros y que nos hemos olvidado de quiénes somos. Podemos encontrar nuestro parentezco con el mono; con riqueza de detalles y de pruebas demostramos esta triste ascendencia, pero no podemos recordar nuestro parentesco con el ángel.

Hemos estado muy contentos colocando en los altares de la espiritualidad algunos pocos nombres del remoto pasado, y hemos asignado las profundidades llenas de lodo a la humanidad en general. Olvidamos nuestra propia naturaleza divina. Porque podemos acercarnos a Jesús, ser semejantes a Buda o adquirir la sabiduría de Platón. Pero a menos que creamos esto, apasionadamente, seguiremos hundidos en un estado semejante al de los animales.

¿Qué haces en la vida? Mirar al cielo, exclamar:

¡Yo soy yo, tú eres tú! Y sollozar:

¡ Yo estoy en lo bajo, tú arriba!

Yo soy tú, a quién buscas. Búscate a ti mismo; tú eres yo,

...

¡Oh, hijos míos, habéis adorado a un Dios que yo no soy.
¿Es tan difícil llegar donde estoy?
Buscad en vosotros el lugar ignorado.
Mirad, yo estoy con vosotros.
Id adelante y contemplaos en mí.


C. Swinburne



Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

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